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Siempre Lo Quismos

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


SIEMPRE LO QUISIMOS

"Callate la boca, gil de mierda", dijiste desde la puerta, y yo seguí mirando Gran Lunes. Esta vez no te iba a seguir. En un tiempo lo hacías para eso, para que te siguiera, para tener una prueba más de mi amor. Pero ya no. La última vez me hiciste devolver a casa por una patota insoportablemente vulgar... A última hora te cautivó la banalidad de los hombres. Billar y copas entre gordos soeces y coperas. Habrase visto. El absurdo es tan evidente que da pereza incluso discutirlo, con lo mucho que hemos disfrutado las discusiones ociosas e hirientes, tantos años. El espacio de avisos casi duplicaba al de película, y no lo pude soportar. Esperé, prudente, a oir tu auto, y luego tomé, parsimoniosamente, el cenicero de cristal del centro de la mesa. Lo sopesé en mi mano izquierda una eternidad. Era cada vez más pesado. Empecé a dudar, y un temor frío a perder la convicción hizo el movimiento por mí. James Caan explotó con un estruendo muy inferior al esperado, justo cuando retiraba el casco de la cabeza de su enemigo oriental para hundirle el cráneo con su piña americana. En el silencio exacerbado por la ausencia del tímido estertor de la caja boba, rehice en mi mente el susurro creciente de la multitud: Johna-ttan, Johna-ttan. En el crescendo el nombre del héroe se fundió en el mío, y la voz de la reverencia absoluta dejó de lamer sus tímpanos para acariciarme a mí. Soy el héroe. Yo soy el héroe de esta película. Y este pasguato: ¿qué es? Decime: ¿qué es? La clase, el buen gusto, la educación, la belleza, los contactos, el apellido, la casa, la guita: todo lo pongo yo. Y este palurdo mal nacido, que come de mi culo, se permite dejarme acá tirada, rumiando mi soledad, mi odio y mi abandono. ¿Por qué? ¿Qué se cree? ¿Piensa que voy a aguantar siempre sólo porque lo quiero? Barrigón, pelado, y con mal aliento, y se permite dejarme acá plantada, insultándome desde la puerta con una sonrisita despectiva, sólo porque soy rengo? ¿Sólo porque hace veinte años que estamos juntos, y se sabe todas mis mañas "como yo me sé las suyas, puta que lo parió?"

Por una vez no fue doloroso oirte llegar dando bandazos. La llave mantuvo interminablemente su malambo metálico, que vino a mí en el silencio de la casa, amparado en tanta madera lustrosa. Te hiciste por última vez el chiste, subiste la escalera con los zapatos en la mano y cantando aires de gondoliere a voz en cuello, para no hacer ruido. Entraste en el cuarto y prendiste la luz para que me mordiera los ojos, y eructaste para morderme los oídos, y seguramente hiciste fuerza para lograr flato, sin éxito esta vez. Dejaste caer los zapatos desde la altura de los hombros, y oiste jocoso el estruendo contra el suelo. Tus talones sonaron en la moquette como si fuera un tanque de aceite vacío, pegaste contra la puerta del placar, la golpeaste furibundo, y también golpeaste la puerta del baño antes de sentarte triunfal en el water, entonando ahora la Despedida de Los Patos. Tu despliegue tenía la finalidad de siempre, pero tu gozo, esta vez, no era justificado. Esta vez yo no sufría, sólo esperaba. Esta vez gozábamos los dos. La sábana, las frazadas y el edredón de plumas cubrían justo hasta mi nariz, sin una arruga. Mi sonrisa estaba segura en la penumbra cálida, rodeada de horas de mi propio aliento. Era imposible que la hubieras visto, de cualquier forma, pero así debía reposar, segura e invisible, para conservar el cuadro. Se van, se van, los Patos...

Roncabas con unas ganas y un placer encomiables. Roncaste así, a gusto, el tiempo que consideré suficiente para saberte dormido y no ensayando. Sufrí tu ronquido, te lo concedí, cómo no. Y a cada exhalación entrecortada y ronca yo acaraciaba el vidrio macizo, hasta que entregó todo su frío a mis manos, a mis rodillas. Luego giré lento, imperceptiblemente, hasta que mis ojos se clavaron en tu cráneo descubierto, sin verlo aún. Esperé a distinguir cada una de tus arrugas, cada una de tus canas, y tejí entre sollozos el castaño que antes hubo, y respiré contigo respetando el vaivén solitario de tu barriga infame. Me hinqué cuidadosamente, sin crear movimiento, sin perturbar tu descanso. Alcé las manos y miré sobre mí el reflejo tenue del cristal, del barato cristal denso que una vez agradecí de corazón. Esta vez no necesité del temor frío. El frío me había inundado ya, y fue suficiente esperar al cansancio, al temblor de mis brazos y luego de mis piernas y de mi cuerpo todo. Y cayó mi mano contra tu sien. Y saltó mi plástica y mi poesía, evidentes ante mí, iluminando el cuarto con destellos rojos. Y sentí el calor húmedo en mis manos, en mi pecho, en mi cara.

Decías que no soy poeta, que no soy pintor. Esta es mi tela, este es mi verso. Una vez más, para ti.

El cráneo que se hunde ante tu puño majestuoso. Ella que somete, él que se avasalla. Canturreando, como la sangre que brota y el alma que se va. Las manos que descansan de toda esa vida, el pecho libre ya de tanta existencia. El calor de la muerte entre tus dedos tibios de tibieza intensamente roja. Es así la muerte. Eso. Una muerte para ti. Toda esa muerte moldeándose entre tus dedos como arcilla, todo ese resto de carne yaciendo en mudeza sublime. Sí, toda tuya una vez más. Ahora cuelga de los brazos sin que el centro se desplome, ahora flota, ahora vuela. Duerme en el aire como un pájaro voraz, disfruta dándome tal goce plástico, destroza la vulgaridad de los cortinados caros y las estrellas. Tengo tanto tiempo. Puedo estar sentado aquí cuanto quiera porque no llegarán. Puedo incluso dormirme arrullado por el canto visual de alas desplegadas, acunado en el cuenco de esas manos tan muertas, de esos brazos que buscan el cielo. Fuiste tanto. Fuiste todo. Y sigues siendo. Dejaste de ser para seguir siendo, dejaste de respirar esa fragancia por tu boca para crecer incansablemente ante mis ojos nublados. Lloro sí, pero no te pongas triste. Seguimos juntos, hasta que la noche arda. Somos un solo cuadro, una sola pintura irrepetible y perecedera, un acto estético y nada más. Un segundo de absoluto, un reflejo de poder irrefrenable. Siento todavía en mis nudillos el crujido de tus parietales, ruje todavía en mi frente el aullido seco del adiós gentil y cariñoso que supiste darme, dándote hasta el final. Como querías. Tan alto, tan grande como soñaste. Tan fugaz como una muerte súbita y no meditada. Tan lindo como una zancuda rosada en un otoño flaco e inundado. Te queda tanto todavía. Tanta noche aún hasta que la luz se filtre entre tus poros para darme la señal de que ya es hora, de que vendrán los justos con la luz a llevarte antes de que te pudras, pregonando el respeto que no tienen. Vendrán los emisarios de los justos a llevarte donde duermen los píos, donde no está la estética. Y se acercarán a ti desencajados, ciegos como son. Y desatarán tus brazos resistiendo el asco, sin ver, sin poder ver la belleza sublime de tu vuelo sin peso. Y yo, antes, te miraré una última vez, sin llorar. Y los veré, y me verán sin verme, porque miran sin ver, tal es su ceguera.

Despierto, y seguís junto a mí. Volás ubicuo, y te quedás. Así, suspendido y resistiendo la luz, estás entregado a tu belleza. Tu cuerpo tiene más alma que la vida. Con tu humanidad desaparece el estorbo, estás. Te tengo. Me tenés. Siempre lo quisimos, y ahora es. Qué poco costó arrancarle tu esencia a esa carcaza torpe. Qué fácil fue cortar con los dientes tu yugular para que fluyera el color de la muerte, el único color del próximo escalón. Dicen los prognatos que la muerte se viste de negro. Patalean de rabia con sus rasgos grotescos. Pero no hay negro en la muerte. Sólo rojo, sólo sangre. Para que la muerte nos separe debe verse sangre. La fuente espesa nos permite disociarnos finalmente, y el calor viscoso entre los dedos es más que suficiente como agradecimiento. Y es ahi y sólo ahi que somos uno. Ahora que reina el rojo somos uno los dos. Somos dos que fueron y uno que no es. somos plástica y música, danza y poesía. Somos eternidad, hasta que irrumpa el orden, de uniforme.


Un Mudo en la Garganta


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