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Quedate con el Cambio

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


QUEDATE CON EL CAMBIO

Somos 4. Fuimos al cine. Estamos comiendo en un restorán de pescado. Hubo apagón. Tuvimos que elegir platos de cocina. La luz volvió, y pudimos pedir plancha. Las mozas están disfrazadas de alumnas del Landon, aunque no engañan ni de pedo por aquello de la edad. No hay vino tinto. En términos ortodoxoburgueses es admisible, [1] pero es inadmisible. Todos los rosados suenan a viejas intoxicaciones. Entre los blancos oigo Gustraminer, y expongo mis dotes de somillier.

"Es de una bodega chiquita, entre La Paz y Progreso. Un antiguo convento que compró el hermano de una amiga. Bottaro, estirpe de vineros de Elcano. Es una cosecha especial. Buen vino.

"Es de Castel Pujol", dijo la otra, la morocha, la que había venido primero. Se vengaba de mis comentarios sobre el uniforme, gritando infamias de lejos, pateándome la estantería de atrás del mostrador. Como soy un caballero me adherí a la carcajada general. Noblesse oblige, calavera no chige, o como quieran llamarle. Si me calentaba era peor. "El que chupa pierde", decía Fulcanelli. Me limité a insistir, muy tímidamente, en que seguramente sería otro Gustraminer. Pedimos whisky y Coca-cola para todos, con el disgusto agregado, para los de enfrente, de que tampoco había diet.

Baroffio nunca se sienta al lado de Susana. Sabés, la gente habla. Yo, en vez, que llevo mi masculinidad sin tapujos ni falsas modestias, volví a quedar a su lado. Frente a mí, e indefectiblemente junto al Memo, Gerardo. Susana me toca con frecuencia y cariño. Así me mira, y muy de cerca. Por momentos pienso que no es coquetería sino una distancia social recortada. Fruto, quizá, de una incipiente pero nada despreciable afección visual, que podemos llamar miopía por razones de practicidad. Además del típico flirteo femenino, busca llamar la difícil atención de su extraño Adonis. A riesgo de ofenderla me permito sentar que parece querer ponerlo celoso. Sí, sí, somos todos grandes.

La película no escapaba al género: era mala. Por una de esas rarezas que aparecen cada tanto, coincidieron. Me concedieron la ilusión de la pertenencia. Los instantes, como ustedes saben, no duran mucho. Vuelta a la honrosísima y habitual minoría estrepitosa.

"Por qué mierda habré caído acá. Debe haber sido una ráfaga imprevista. Yo era para la antesala de la segunda guerra. Charlie Parker, los comienzos de la Bauhaus, Kandinski. En cambio, tengo que tragarme este culto a lo burdo. La santificación del pleonasmo. La glorificación del daltonismo. ¿Alguno de ustedes duda de que los letristas de Tinelli y Ginsberg dedican la mayor parte de su tiempo a aburdizar los textos? Fontova parece un tipo talentoso. ¡No pueden salirle tan mal las canciones! Tan fuera de métrica, tan cacofónicas. En Decalegrón, por ejemplo, la cosa parece natural. El burdo es el señor absoluto, pero no hay reverencia. Son, simplemente, malos guiones. Un caso curioso es "El oso", la canción de Tango Feroz. Es hermosa a pesar de su burdo, como diría Onetti de Arlt.

Memo recoge el guante. Sabe que el marrón y el negro (desteñido, encima) no pueden combinar en ningún círculo cromático. Ni siquiera es marrón. Un bordó indefinido.

"Vos sos monocorde, loco. Por eso no entendés. Siempre te vestís en el mismo tono. A ver, con este saco: ¿qué polera te pondrías?

"Por empezar, no me pondría una polera. Una camisa. Blanca con rayas bordó, o rayas azul oscuro, tal vez. Pero el fondo blanco. Y tampoco me pondría ese saco.

"Yo no estoy de acuerdo", dijo Gerardo, mientras los otros se reían de mi ignorancia y/o estrechez. "No te conozco mucho, Timo, pero, guiándome por lo que veo, tenés mucha resistencia al cambio.

¡Quién te habrá dado a vos, mi querido, el rol de tolerante! ¡En base a qué truculentos procesos mentales te sentís en la obligación de callarte la boca, como si fueras grande! No cabía otra que revolcarlo en su propio fango. Incluso por su bien. ¿Será inherente a la naturaleza humana ver árboles rojos? ¿Es necesario, además, que estén constantemente tratando de dilucidar el color de los árboles del vecino, cuando ni siquiera empezaron a plantar en su parcelita? ¡Qué desparpajo! Gerardo hablándome a mí de cambio. Se levanta todos los días a la misma hora, se pone la misma ropa, va al mismo lugar, a hacer lo mismo, desde hace todos los años... Timo, querido, un poco de calma. Debe haber algo que no ves. Ponete en su lugar. ¿Qué es lo que este buen señor, de reconocida inteligencia, ve en su vida como cambio? No podés asumirlo tan mentecato como para no haberse detenido a observar su situación antes de analizar la de otro. Sabrán perdonar, pero lo único que percibo que puede aproximarse al concepto es una nueva forma en el marco de sus lentes, unos leves retoques en el peinado, unas cuantas palabras que antes no usaba. Todo ello proveniente de 10 centímetros a su derecha, a la izquierda de su pantalla. Me excuso con el Cosmos por no mantenerme a la altura del personaje, y afirmo contundentemente que eso no es cambio sino mimetización. Y entramos en un terreno peligroso.

Evito la reacción (soy un hombre de mundo, exento de pasiones). Sé que los desencaja. Doble propósito: ayuda a crecer, y es un arma retórica poderosa. Para transformarse en algo hay que parecérsele, y haciendo silencio se deja al enemigo solo ante su propia trampa. ¿A qué combatir con rivales indignos? No, no es que sea injusto: no sirve. Es un desperdicio, y somos devotos de la eficiencia.

"En este año sabático", siguió, "en que has vivido de una manera diferente, ¿has crecido?" La frase matadora.

"Sí

"Bueno, eso es lo que te digo. Yo no lo veo.

Volví a abstenerme, a pesar de la insistencia de Ocasi. El problema de dar importancia a los libros es que el discurso se le llena a uno de citas. Y las citas, bien sabés, son un trampolín para el contendor. Repito: el mejor argumento es el silencio. Si uno tiene hechos en que respaldarlo, claro. No doy crédito a mis oídos. ¿Será posible que este fenómeno no haya leído el Evangelio? ¿Ni siquiera esos cuasiplagios recientes, esos escritos neocristianos con tufo orientalista? Lo esencial es invisible a los ojos, Gerardo mío. Mirás sin ver, y escuchás sin oir. No puedo creer que ni ciencia ficción lea. ¿No oíste hablar de "La crisálida"? En fin. Sobrepongámonos a la pereza y hagamos un intento.

"El cambio no se ve", comencé, pausado y manso, casi dubitativo. "No es corpóreo. El indicio es lo que pasa. Uno cambia su vida si vive de una manera diferente. Cuando uno percibe que alguien hace cosas que no hacía, puede inferir que esa persona ha cambiado. Así, lo que dijiste es lo que ustedes los abogados llaman petición de principios, si no me equivoco. Vos ves que hay cambios en mi vida, y sin embargo decís que no ves que haya cambiado. Seguramente te referís a ciertos aspectos que, a tu juicio, se mantienen. Me atrevo a suponer que hablás de reacciones, de actitudes.

Páfate, ya resulté pedante. Suavicemos con una anécdota, a ver cómo nos va.

"`Para cambiar hay que cambiar', me decía un brasilero mugriento que me hacía masaje reichiano, del primer (y único) Reich. Era un gran mentiroso, pero me enseñó. Me aflojó la mandíbula, para dar algo concreto. Era un chanta, terminó volteándose a unas cuántas de sus acólitas. Pero eso no le quita sus méritos.

"¡Timo, haceme el favor! ¿Querés más tautología que esa frase? Obviamente para cambiar hay que cambiar.

"La genialidad está en lo obvio, Gerardo. Delenda Cartago. Lo que quiere decir es que la cosa debe mirarse por el otro lado. Tenemos que cambiar el enfoque, antes que nada. El positivismo nos hundió en una maraña inextricable de diagnóstico. Nuestras soluciones consisten en rótulos para designar los problemas.

"Sigo sin entender la genialidad de la redundancia.

"Más específicamente es un pleonasmo." Pausa. Miro a la izquierda y abajo, armando las representaciones. "No se cambian las actitudes directamente. Lo que se cambian son las acciones. Haciendo cosas diferentes uno es diferente. Todos somos víctimas de la ilusión racionalista de que vamos a cambiar y vamos a seguir siendo los mismos. Que vamos a erradicar ciertas cosas indefinidas que nos causan dolor, pero sin dejar de vivir como vivimos. Ser felices, desempeñándonos como infelices.

Respiro hondo. El descanso del samurai. Flor de paliza se ligó el Flaco. El auditorio es mío, suyos el ridículo y la derrota. Lo imagino en el ostracismo, comiendo miel silvestre, rasgándose, cada tanto, las vestiduras, y mesándose las barbas. Eso, claro está, dura lo que un lirio. Menos aún que la ilusión de pertenencia. Lo único que permite es este efímero proceso mental. Me dieron una fracción infinitesimal de tiempo antes de cerrar filas, totalmente concientes de clase. El Memo agarró la posta.

"Así que vos sos feliz porque no trabajás y tocás el piano. ¡Ah!, y también escribís.

"¿Sos feliz?", talló Susana, muy profunda.

"Sí

"¿Cómo es eso de que sos feliz?

"Primera vez que te oigo decir eso", acotó Baroffio.

"Es el cambio, Memo. Me sienta bien.

"Se dice fácil...", insistió Susana.

"No se dice tan fácil. Cuesta. Decime que sos feliz... Vos, Memo... Vos, Flaco...

"¡Vos no sos feliz, Timo! ¡Lo que sos es un mentiroso, a lo sumo un inconciente!

"Como siempre, Baroffio, sabés más de mí que yo. ¿Por qué te emperrás en faltarme el respeto? Si te digo que soy feliz, es porque soy feliz. Soy feliz porque siento que soy feliz, aunque vos sientas que no lo soy.

"Insisto", volvió a insistir, siempre profunda, "¿cómo?"

"¡Bueno, aterrizamos! ¡Volvió la vieja y querida semántica! ¿Estás, tal vez, pidiéndome una definición de felicidad? Hay muchas. Yo aplico la de un alumno del pretendido maestro del brasilero hediondo y chanta. Soy feliz porque noto que crezco.

Gerardo se vio llamado de vuelta al ruedo. Ese era su tema, faltaba más.

"Yo no noto que vos crezcas, Timo. En serio.

"Sí, tenés razón. Es verdad, la definición es un tanto ambigua. Dice "La felicidad es la conciencia del crecimiento", lo que deja sin especificar quién debe ser conciente y qué o quién debe crecer. Desde mi particularísimo punto de vista (y sin la menor intención de imponerlo) interpreto: "La felicidad de una persona es la conciencia que ella tiene de su propio crecimiento". El "propio" no es necesario, pero aclara. Un pleonasmo válido, cosa harto infrecuente.

"Como quieras. Si no crecés, no podés ser conciente de tu crecimiento.

"O: si sos conciente de tu crecimiento, no podés no crecer.

"Sócrates es mortal. Como vos no crecés, lo que aparenta ser conciencia de tu crecimiento es simplemente una ilusión. ¿Así es suficientemente claro?

"Como el agua de la fuente, de purísimo color. Para variar, estás jugando en el cuadro del Memo. Ahora son 2 los que saben de mí más que yo, los que conocen verdades de mi vida interior que me son vedadas... A ver si nos entendemos, Flaco. Vos empezaste bien. Dijiste que no notás que yo crezca, o que haya crecido en éste que vos llamás mi año sabático. Eso es totalmente razonable, y esperable. Pero no indica que yo no crezca. Vos no percibís que yo crezca, yo puedo crecer o no crecer. Por otra parte, yo percibo que crezco. Podría decirse, análogamente, que eso no es mi crecimiento, que en esa situación yo puedo crecer o no. Es decir, mi percepción puede ser real o imaginaria. Si bien esto es sólido como razonamiento silogístico, hay argumentaciones de la sociología moderna que permiten rebatirlo. Teorema de Thomas, o de las profecías de autocumplimiento. Se aplica también en economía (que es más o menos lo mismo, bah). Yo te digo que crezco porque lo creo, y que soy feliz porque lo siento. Y vos podés decirme lo contrario las veces que quieras, de las formas que quieras, y yo voy a seguir creyéndome feliz, y por tanto siéndolo.

Después de una pausa, Susana volvió, debatiéndose aún en sus profundidades. Su cara imperiosa casi contra la mía, su rodilla sosteniendo mi antebrazo. Apoya el pie en el barrote de mi silla, poniendo la pierna a la altura justa. Me pone nervioso, y más nervioso me pone ponerme nervioso. El precio del posabrazo es la inamovilidad de la silla, la burocratización de mi escaño (es absolutamente innecesario que diga que no hay desayunos gratis). El cerquillo no le llega ni a la mitad de la frente. El pelo, retíntamente teñido. La cara es grande y anormal, entre Cher, Liza Minelli y Diane Keaton. Habla alto, cansino y displiscente, doblando las vocales finales y sin cerrar la boca. Baroffio sostiene que tiene voz de porteña, y confunde, una vez más. Sí, efectivamente: respiración bucal. No me animo a preguntarle por qué, en su momento, no la operaron de vegetaciones.

"Yo... no sé. Me parece que... estar bien tiene algo que ver con dar. Yo... hoy... estoy muy mal. Estuve llamando a mi gente y ninguno me respondió. Me dejaron sola.

"¡Me llamás a la una de la tarde!... Estoy durmiendo.

"Sí, Memo, sí. Eso me dijiste.

"A Teresita, ¿la llamaste?", se me ocurrió.

"Sí. Tampoco estaba. Me la fumé solita. Por eso digo. Yo hago lo mismo. Yo hice lo mismo, y por eso estoy mal... Tengo un amigo que está enfermo. Y yo no hice nada.

"¿Qué tenías que hacer?

"No sé. Se está muriendo.

"Susana: ¿qué querías hacer? ¿Qué podías hacer?

"¡Yo qué sé! El tipo niega, y yo niego también. Por no sufrir yo, lo niego. Pienso en mí, en vez de pensar en él. Ayer lo llamé. Para eso, estuve 3 meses.

"¡No, no, no!", negó Baroffio, sutilmente. "¿Por qué te castigás? En el grupo ése, de tus amigos, te hicieron creer que sos Superniña. ¡Vos tenés tus tiempos, querida! ¡Tenés tus problemas, tus limitaciones! ¿Lo llamaste, no? ¡Bueno, ya está! ¡Todos piensan que a Susana no le entran las balas! ¡Que siempre está ahi para que nos escondamos atrás de ella! Y vos terminás creyéndotelo. Cuando hay algún problema, Susana lo resuelve. Pero a vos no te dan las fuerzas para eso. Y un día hacés crack. Es lo más fácil. Es mucho más fácil ayudar a los otros que ayudarse uno. Tenés que aceptarte como sos, vieja. Tenés que saber que no podés con todo. Tenés que saber hasta dónde podés, y llegar hasta ahi. No pasarte. No pasarte de lista, queridita.

"Yo estoy de acuerdo con Memo", como siempre. "Te exigís mucho, y después esperás lo mismo de los otros. Y como nunca es así, te lastimás. Porque, justamente por el rol que asumís, los otros creen que vos no tenés necesidades. Vos te acostumbrás, hasta que te olvidás de cómo se pide. Creés que estás pidiendo ayuda, pero los otros no se dan cuenta.

"Es un círculo vicioso", comenté, para no estar afuera. Un lugar común, ya sé. No aportaba gran cosa. Pero, sabés, uno no puede quedarse callado.

"Claro, y no podés salir", remató el Flaco.

"Eso parece evidente, ¿no? La situación se alimenta a sí misma, y eso la hace cada vez más fuerte. La ventaja genera ventaja. Pero hay que tener claro que de eso NO se deduce que no se pueda salir. Se sale, con dificultad, con un trabajo sostenido. Atacando sistemáticamente esa retroalimentación. Diciendo religiosamente NO. Cuesta una barbaridad. Lo que dice Memo es bien cierto: es mucho más fácil ayudar (o pretender ayudar) que ayudarse. Es mucho más cómodo ceder que resistir. Es mucho más directo decir SI que decir NO. Hay que entrenarse.

"¡Te cagás en la gente, loco! ¡Ta bien, vos sos así! Pero no todo el mundo es así.

"Señoras y señores, rogamos sentarse, ajustar sus cinturones de seguridad, enderezar sus respaldos, agarrar una almohadita que hay abajo del asiento y esconder la cara contra las rodillas. Como quien llora. Aterrizaje forzoso, una vez más. ¡Yo no viajo más por esta compañía, che!

"¡Si es así, Timo! Vos hacés la tuya, y que no te rompan las bolas...

El mundo está plagado de injusticia. Que no es más que ignorancia. Memo no es injusto, y por tanto no debo soliviantarme. Es ignorante, nomás, y por tanto no debo explicarle. Esta conversación no me entretiene. No me aporta. Pero no me quiero ir, entre otras cosas porque no traje el Pato, y estamos en el orto del mundo, en las inmediaciones del Palacio de las Leyes, en la otra Vid, la verdadera. No consigo un taxi ni mamado. Pero, en realidad, eso es lo de menos. Lo peor es despedirse. Todas las formas que se me ocurren son altamente desgastantes. Si me ofendo, pego 4 gritos y me voy, van a salirme atrás y va a haber que discutir, dar razones, justificaciones, repartir y compartir culpas, negociar. Si, fiel al personaje, me levanto entre sonrisas y salgo estrechando manos y besando mejillas, se van a ir todos conmigo, pidiéndome disculpas. Voy a seguir en la misma, habiendo perdido (y habiéndoles hecho perder) la cena. Y, por último, irme sin que lo noten no es posible. Estamos sentados casi en la puerta, la única.


[1] Me permito recordarles que la casa se especializa en pescado


Un Mudo en la Garganta


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