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La Quedaste, Gorrion (Carta)

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


LA QUEDASTE, GORRION (CARTA)

Cuántas cosas han cambiado. De no creer. Pensar las cosas que fui hasta ahora, y lo que estoy siendo. No me creerías.

Igual te cuento. El tren del tiempo pasa seguido por acá, por mí. Y normalmente me lo tomo. Agua que no has de beber, dicen. Pero a mí no me sirve. Qué le vas a hacer.

¿Y si hubiera sido músico? ¿Y si me hubiera tocado ser escritor, o zurdo, o pedante, o asceta? Pedante sabemos que me toca ser desde hace algún tiempo. Pero, eso sí, simpático.

No es necesario que te pongas a meditar. No soy tan pretensioso como para pedirte que intentes entenderme. Yo no puedo: ¿Por qué vas a poder vos?

Ahora hace calor. Se siente a pesar del aire acondicionado y del viento que silba en los ventanales. Se percibe sin querer, como algo extracutáneo, como algo etéreo, sublime, atroz, metafísico. Hasta cósmico. El calor extramuros, extraaire, es cósmico. Mirá vos. Más que cósmico es cómico. Pretende ser cómico. Quién puede echarme en cara el querer hacer reir. Poco hay para dar mejor que la risa, ¿no? Como te decía, también hay luna, y atardeceres, y viento fresco, y niños durmiendo o correteando. Y mar. ¿Qué seríamos sin mar? Cada tanto me pongo bucólico, nefrítico, ya sé. Te he oído tantas veces... Aún en la distancia me cohibís, me reprimís, o al menos hacés que me reprima.

Buscame. Buscame siempre. Buscame en el mar, en el lago. El rugido cruel de las babosas te susurrará mi nombre en lenguas, y te tengo fe para que lo entiendas. Mirame en el espejo, en el reflejo de las piedras, en el agua cortante del mediodía. Sur. Palabra gorriona. Paredón sonriente que limita. Surcoreano, surpresivo, surestada, que me gusta más. Gustame, gustame siempre que siempre estoy. Si lo sabrás...

Volviste con la cara marcada. El fierro candente entre los dientes flacos, y sin perder nada. Con tanta nada como habías tenido. Volviste de la nada roncando recuerdos sordos que sólo se guardan en un lugar. Tus pies coquetos recorrieron el ansia sinsabor de la tierra, y el mudo barco dijo adiós, nos dijo adiós. Y después vinieron barrigas estériles, cuadriláteros sin guantes azules, sin territorios vírgenes, sin exploradores cansados. Tu mano era tan chica como mi grandeza, tu color más rico que un verano infantil. Cuántas cosas. Cuántas cosas pasaron. Y cuántas pasarán, espero.

Borradores he escrito tantos. Te he pasado tantos esbozos que ya he perdido hasta el temor a repetirme. He dormido en tantas bañeras desteñidas, he barajado tantos mazos. He distribuido el juego, y siempre ha sido mi juego. Gorriones del sur. Presos del viento sudoroso. Aquella gurisada heterogénea pisando mierda a gusto, dando rienda suelta al afán escatológico. Mirándose cara a cara con una cuprofagia limpia que se pierde tan pronto. Buenos días, te dicen, y girás la cabeza y ves la noche. Guten tag, Frau Eva. Disparan. Bah, disparaban. Y yo con mi ristra de disparates susurrándome atrocidades morbosas, viscosidades ácidas y ansiosas que no sabían discernir entre blanco y colorido, entre víctima y merced.

Soy altamente propenso a las listas, casi tanto como a los adverbios y los adjetivos. Es tu riesgo. Siempre, sabés que siempre podés cerrar la pila de papeles, o aplastarla, o estrujar éste, ése que no te gusta entre tus blánquidas manos, entre tus huésidos dedos que me dejan sin aliento, que suspenden en el aire los platos bajo el chorro cantor, con mágica gracia. Unas manitos de órdago. Dulces como tu piel seca y dulce, como tu tacto caluroso e indeciso. No te voy a negar que me exasperaba tu risita nerviosa, tu negativa a avanzar. Era un miedo injustificado, un dolor pudoroso teñido de silencio, resguardado en telones ordinarios que no encajaban contigo. Te agredí poco, ya lo sé. Te aconsejé hasta el cansancio sin haber primero ganado tu crédito. Yo también soy humano, no pude, no puedo resistir la tentación de la heroicidad. ¡Qué bien me habías mentido! Misia fuerza de voluntad. Cuántas cosas son lo que no son. Te perdiste en un fárrago de fortaleza, y me lo creí. Lo necesitaba, qué querés. Necesito fuerza. Necesito de gente fuerte a mi alrededor. Respaldo, conocimiento, divinos tesoros. ¿Dónde estarán? Me toca, ves, me tocó siempre tomar la mano y recorrer el callejón cagado de miedo y fingiendo dominio. Karma, será karma.

Lamento caer en lamentos. Lamento el lamentable espectáculo de lamentarme sin pudor. Pero no lamento haberlo perdido. Pesaba tanto. Dudaba tanto al elegir cada máscara. No tenía, no tengo ropa, pero tuve un vestidor lujoso de máscaras y antifaces. Galería festiva de disfraces multicolores que no hacían más que embadurnarme de gris. Hasta que zafé. ¿Cuándo habrá sido? Yo qué sé, por qué me bombardeás a preguntas. Aceptame como soy, que no traje taburete. Tu ruta es mi ruta, no te resistás. No me complazcas, no te niegues. Dormite a mi lado entre las ramas, donde no llegan los gatos, gorrión. Confiá, que estoy.

Tu vida sorda no me pertenece. ¿O sí? Hablar a gritos no significa necesariamente falta de clase. Secarse la espuma con el dorso puede ser simplemente un acto de machismo, un alarde burdo (aunque no vulgar) de desenfado. Tu ruta es mi ruta. ¿Qué te importa? Sé que no sabés cuándo fue, que te debatís en osados desvelos entre el miedo y la prisa. Sumando, pasando raya, tu desgracia no me incumbe (nohlla -- puedotolerar), o al menos no debería incumbirme. Suframos, bebamos a dúo el ajenjo fértil. Frustremos al enano de verrugas verdes que suelta esas carcajadas paralizantes que no son más que inofensivas. Por qué las distinciones. Cuál es el motivo, dónde me recomendás que busque la finalidad oculta e inexistente. Tu frío es mi frío, y el aire acondicionado es testigo. Era, bah. Me desalojaron. Ahora gasto un lujoso encuentro de corredores, amalgamados en un elegante sillón de dos cuerpos, cómodo y de cuero que creo genuino. Frío, tanto frío en ese cuerpito carnoso. Tanto recelo en esos brazos musculosos que deslumbran a mis dientes amorfos. Tu celo es mi fosa, gorrión, luz de donde el sol la toma. Tu gracia verborrágica e hiperléxica marea implacable a mi corteza triste, casi senil. Y sin embargo la quiero. E pur si muove. Es difícil creer lo que pasa. Tardes estiradas sin placer, esperas llenas de carcajadas no siempre nerviosas, sinceridades en envase de exabrupto. Tus dedos son mis vellos. Tus junturas, tus cinturas. Silencio, que duerme. Silencio, por Dios. Silencio, ordeno.

Flagelarte sería poco, sería absolutamente insuficiente. Flagelarme sería menos cómodo, aceptado, pero más eficaz. Furibunda viajarás, o al menos viajarías de tren en tren, de vagón en vagón, de ventanilla en ventanilla. Un fulgor reseco sería lo último a esperar, y sin embargo se acercaría al milagro de movilizar tu libido. No quiero parecer insistente, porque no lo soy. No lo soy. NO LO SOY. Soreta. Sos un sorete mal cagado. Un soretito pestilente y absurdo al que me congratularía de poder calificar de insignificante. Gratis no hay nada, therés not such a thing. Vulgarizaciones cósmicas, si no cómicas. Curiosa currica, furiosa luciérnaga. Dios te oiga. Mal rayo me parta, pardiez. Requiem cat, pirómano. Tu tiempo pasó, aunque fuera mejor.

Grutas sobran, no lo olvides. Tu ruta es mi ruta, aunque te resistas. Tu callado y tu sayal cerca de mí, flaco consuelo.

No, no, no puedo. Corregilo vos. Es, desde mi muy parcial punto de vista, un ejercicio inútil. Te suplico me ayudes a depurar aquel humus. No sabés cuánto extraño aquella verborragia serena, aquella robustez. Eran, sin duda, fuegos de artificio, como los que regalara Tierno antes de morir, desbaratando la monotonía calurosa del cielo y el lago de Casa de Campo. Solos días, che. Para qué te voy a contar. Una bruma es suficiente, para qué llenar de brea un espacio que todavía puede ser estético. Para qué, decime para qué puede uno querer pretender vivificar un páramo inmenso e inmutable. Loros, una sarta de loros envidiosos que no saben dibujar. Blanden al viento unos garabatos que no merecen siquiera la consideración de críticos peores que los mediocres. Cantan a la luna con una distonía brutal, con una afonía de clásico resistente a todas las dosis de Aluctil.

Fuiste siempre un veneno digerible. La miseria no es más que un par de zapatos rígidos. El gobierno de la situación es un mito que todos callan, vaya uno a saber por qué. El agua que discurre como agua entre los dedos es menos importante que aquellas frases perdidas. Aunque las dijiste. Vamos, si te oyeron. Yo tiritaba de orgullo, vos reclamabas aúllos sin detenerte. Fue lindo igual. Todo fue lindo cuando es recuerdo. Como aquel día en que imitaba a los picapalos y lograba una respuesta. Los picapalos me entendían, él no. El recorría los pozos a mi lado, insultándome que me subiera de una vez. Y yo abría bien la boca y aspiraba endureciendo la garganta y esperaba que el aullido rebotara en los eucaliptos. Hasta que se fue. Pobre, hoy es, al fin, lindo. Para qué contarte, ves. Sólo tenés que recorrer con la vista la parte más alta de estos garabatos hasta que alguna arista filosa, o algún mugido ágil, o alguna pestilencia inconclusa llamen tu atención lo suficiente.

Tántas cosas. Tántos lugares santos. Tántos desplazamientos. Y siempre fue la misma jungla. Por qué me resultará tan difícil ver variación. A la altura de la nuca detengo el giro y el espejo solo muestra lo de siempre. ¡Una completa, Falcón! Lo de siempre. Página tras página encontrando lo de siempre. Y muy cada tanto, muy a las cansadas, algún silencio. Algún pedazo robadito de remanso, algún aguacero bonachón. Y tu pecho siempre discurriendo bobadas.


Un Mudo en la Garganta


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