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La Puerta

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>



LA PUERTA

El tiempo ya lo pusieron. Y, además, estaba. No niego que, en su momento, eso contribuyó. Pero la idea es otra. Al final de cuentas, meterlo a empujones, a costa de toneladas de fealdad... Y teniendo el cine. Si ya estaba, desde que armaron los despertadores de aljibe, para rezar. A pesar de que (todos lo sabemos) nunca fue. Es sólo su contabilidad. Un mero dibujo. La engañosa representación (?las hay de otro tipo?) de una de las caras del cubo bidimensional. Una burda defensa contra la confirmación pascálica.

¿Qué se siente dejándose sentir la ausencia del registro imaginario? Una pelota peluda en el plexo, que debe ser hambre. Una comezón imperceptiblemente temblorosa en las manos, que es de los cigarros en ayunas. Una ansiedad contenida que por qué tiene que ser otra cosa que la angustia del taxi interminablemente embotellado, en plástico, para colmo, con 2 gansos que discuten en la radio, en un intento patético de ser graciosos.

Debo creer que la convivencia tolerante con la medición es de origen exclusivamente cultural. Dice R. Redford que los massai mueren en cautiverio, por su inhablidad de concebir el futuro. Qué es eso sino la carencia de la noción de duración. Quién puede llamarlo de otra manera que inmunidad.

Sin intoxicación, no existe. Pero el tema no era su existencia, sino la representación gráfica de su imagen. Bastante ociosa, la verdad, habiendo cámara lenta, y rápida, y tomas congeladas, y dibujos animados de metamorfosis ilimitada. Pero bueno, válida al fin. Los 2 ojos de un lado, las 4 patas totalmente visibles. Fenómeno. Alteramos la perspectiva y estamos mirando de 2, o hasta más ángulos. Cosa que no es posible en volumen físico. Pero el efecto es menor. Estéticamente inferior. Se alimenta de snobismo y fijaciones orales y/o anales. Síndrome puer, o Peter Pan, le dicen, creo. La belleza que parece contener (excluyendo el efecto del color, attenti) es sólo el nombre de la nostalgia del estadio casi presimbólico. De infinito: nada. Ninguna inquietud orgánicamente manifiesta. El asombro, no vino. [1] Sí, sí. Alguna sonrisa aprobatoria, algún cabeceo vertical. Pero sin atisbo de horror. Sin un movimiento ni siquiera imperceptible de los cimientos. Sin corrimiento, ni invasión, ni estafa de frontera.

No crean que ignoro el esfuerzo, la dedicación, el mérito, incluso el talento. Es desproporcionado exigirle ser adivino. El hombre quería incorporar el tiempo, y lo hizo. [2] Creía que no estaba, y, por lo tanto, no estaba. Ergo, cartesianamente, no conocía el efecto de su presencia. Dejó la vida y unos cuantos cuadros y lo enchufó en el lienzo, y las ranas se largaron a cantar a la luna. No es culpa del señor que nos hayamos quedado en la fanfarria, y menos lo desautoriza. No avanzamos, pero sí progresamos. Tenemos un ingrediente menos que agregar a la mezcla. Un reactivo menos que probar. Araña con una pata: sorda. [3]

No sé si el viejo [4] lo tomó en cuenta, si se apoyó concientemente en ese tablón para cruzar al otro edificio. La cuestión es que la tabla estaba, para disputarse a Talita. Y la puso el emulador de lenguados. [5] El tiempo quedó unánimemente incorporado, por convención. [6] Aunque no exista, ni en tanto representación.

Como el desconcierto visceral no se produjo, no era eso, y no lo es. Apuntar para otro lado. Siempre en el mismo lugar, eso sí, por el añejo adagio del caeteris [7] páribus.

Del mismo modo en que tal vez, aparentemente, vapuleé al de los ojos juntos, quizá ahora sobreexalte al viejo, que en su momento no lo era. Tal vez estuviera haciendo estudios elementales de perspectiva y partición, y tropezó con las fauces descerrajadas del averno. Me duele decirlo: es probable que arrancara el acorde equilibrista, que nos recorre la espina dorsal, con una coz casual a la gaita. De hecho, confiesa objetivos total y absolutamente empíricos: únicos y palpables. Aunque, puestos a analizar, es dudoso que eso sea importante. Qué buscaba es valioso, sí, a la hora de determinar su circunstancia. Pero a efectos de la búsqueda cuenta notoriamente más lo que encontró.

El loco dio con la puertita, como probablemente hizo también Cantor. Por suerte él [8] no se enfermó. Ahora: ¿quién la abre? Quiero decir, quién puede dar la fórmula que la abre. Quién puede trazar un mapa. El viejo la señala, incuestionablemente. La vemos todos. Sube y baja. A la misma altura y más alto y más bajo. Adentro y afuera. Marca con una curva cerrada en grueso drypen [9] rojo su ubicación, con total generosidad y desapego. Saca una instantánea de la nada. Y quien dice nada, dice todo. Ahi está, atrás de la columna, en la cascada que cae donde comienza. Ese es el Aleph. El que lo nombra enceguece. El que lo ve pierde manos y lengua. ¿Sabés lo que tenés que hacer? Tenés que conseguir una biografía de Cantor. ¿Qué pasó? De repente [10] lo bloquearon, lo proscribieron. Te dejan hacer un cuento, o una lámina, pero si te ponés a cartógrafo pasás a degu~ello. Porque ése es el fuego. Esa es la manzana. La dieron podrida, que servía. Pudrió un ciento, y cada una pudrió otro, como en la fábula del ajedrez. Y los que tenían el estigma de la frescura pasaron a la clandestinidad. Que no es exterminio. Y si no los exterminaron, en algún lugar están. Atrás de la puertita, seguramente. Encadenando, si los que saben la contraseña están atrás de la entrada, se deduce que estamos cagados, o jodidos, o fritos. Condenados a jugar, tan sólo, a la locura.

Lo dice clarito: la nada es un lugar. Bidimensional, sí, como todos. Ahi está. No era cuestión de tiempo, entonces. Quiero decir: no era la del ojijunto la manera de incorporarlo. Desmitificando, lo que hicimos (hicieron) fue leer sus artificios como un salto metafísico, cuando en realidad sólo estaba olvidándose de la perspectiva clásica. Permítanme que insista: fue un aporte sustancial. Fue la carrera imprescindible. Fue el centro. Un trabajo de equipo. Uno retrocedió y se puso en posición de ataque, el otro corrió y saltó. Uno elevó el esférico magistralmente, levemente hacia atrás, y el otro esperó con la frente en el momento justo, arqueando el cuerpo, endureciendo la nuca. Y el útil se perdió entre las piernas de los defensas del statu quo, ante la mirada atónita del pope máximo, vestido de negro. Describiendo un triángulo indibujable, de punta al césped, de culo abierto al cielo de neón. Para la metaperspectiva, la subperspectiva. Para un nuevo orden, el cataclismo.

Me encantaría poder decir que la solución [11] del viejo es atemporal, es puro espacio. Lo es, porque no hay tiempo que baste. Porque desarrolla la velocidad pasmosa del que corre en el lugar. O más, del que retrocede. La escuela de Casiopea. [12] Se necesita un tiempo infinito para pasar entre las columnas. O una dimensión incorpórea. Pero lo que quiero resaltar es que la nada está ahi. No presenciamos la simple deformación teratológica de bípedos o cuadrúpedos. Vemos, inequívocamente, la coexistencia de fenómenos que nos habían vendido como necesariamente sucesivos.


[1] Si no se ofenden, faltó con aviso.

[2] Al menos eso dicen los críticos.

[3] de un arcaico chascarrillo

[4] que en el 37 no lo era

[5] Reivindicando. Aclaro, por las dudas. Estoy harto de malas interpretaciones, pataleos, anónimos espeluznantes y juicios civiles y penales por difamación. Lo único que falta es que me reten a duelo.

[6] y Durazno

[7] Se pronuncia quéteris. Lamento no disponer del simbolito apelotonado.

[8] aquél

[9] graipen

[10] tal vez

[11] de algún modo hay que llamarla/o

[12] niños, no tiene tilde


Un Mudo en la Garganta


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