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El Nuestro

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


EL NUESTRO

"¡No, mamá, no!", me grita a cada rato. De día, en mitad de la noche, en cualquier momento. La voz es aguda, sí, por la edad. Pero más que nada dolorida, impotente. Yo le digo, le explico, le grito, le suplico. 2 por 3 me despierta "¡Por favor, mamá, qué culpa tengo!". Y yo me descontrolo y aúllo que no es cosa de culpas. No entiende. Repite y repite su queja que no puede tener resultado, y hace que yo repita y repita mi súplica de silencio, que fracasa y fracasa.

¡Cuántas palizas me ha dado Miguel por romperle el sueño! Cuando vuelve a almorzar me pide perdón. Me acaricia. "Ya se le pasará. No puede tener tanta fuerza". Y después, con esa sonrisa que quiere ser burlona y es triste: "No deben ser tan fuertes los gritos. A mí no me despiertan".

Los 2 lo pensamos mucho, lo discutimos mucho. No podíamos dejar que se lo llevaran. Era nuestro, lindo, bueno, y disfrutaba viviendo. Habíamos visto ya a algunos de los que vuelven, 20 años después, altos, uniformados, derechos, con el rostro sin vida ni sonrisa. A golpear, a insultar. Los del año pasado dijeron: "El". El nuestro. Vinieron al rancho al anochecer, se sentaron con Miguel y conmigo a la mesa sin golpearlo y sin que los convidáramos, y lo alabaron muchísimo. Teníamos el honor de que lo hubieran elegido, en una semana se lo llevarían. Y durante esa semana dormimos poco, comimos poco y nos decidimos.

Es verdad lo que dice Miguel, es muy chiquito. 3 años. Y lo que a mí me impresiona y parece no impresionar a Miguel es que me hable así. Sólo aprendió a decir papá, mamá, papa y pato (por el pato gris que siempre perseguía). Pero su queja, dicha, gritada o susurrada, es clara. No aprendió a razonar tan bien como a hablar, ¿eh? No hay forma de hacerle entender que no había otra.

Fue el sexto día, a mediodía. El séptimo de tardecita se lo llevarían. Y tenía que ser yo. A Miguel le fallaban las rodillas cada vez que intentaba ir al charco de los patos a buscarlo. Lloraba histérico. Se quería contener, y sonaba a risa larga y suave. Esperé hasta avanzada la tarde, hasta la hora en que lo bañaba. Trotando llegué hasta el charco, y en cuanto me vio corrió riendo a prenderse de mis polleras largas y mugrientas. Lo alcé, lo miré sonriendo, y lo abracé fuerte llevándolo al arroyo. Ya todas habían bañado a los suyos (los menos perfectos, los no elegidos), y juntado agua, y cenaban en sus casas. Las lámparas de querosén me guiñaban cómplices desde la ladera. El sol ya había muerto. Faltaba nomás que le cerraran los ojos. Quedaba todavía ese resplandor difuso en el horizonte. Podía verle los ojitos sonrientes y seguros. Llegué, me remangué, lo separé mirándolo fijo, lo besé, me hinqué en la orilla, y lo hundí. Se sacudía. Pataleaba demasiado fuerte. Cuando paró lo revoleé y lo tiré al medio del arroyo.

Don Genaro lo encontró al amanecer, mientras pescaba. Estaba hinchado pobrecito. Miguel lloraba con su llanto risueño, o quizá riera. Yo callaba pegadita, oyendo las palabras de consuelo. Por momentos se oía la discusión afuera. Que un descuido... Que Dios...

Lo importante es que no se lo llevaron. Está con nosotros. Para quejarse y aceptar en silencio las flores.


Un Mudo en la Garganta


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