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Importantisimo

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


IMPORTANTISIMO

Cuentan que una vez el Procurador General de la Nación pensó, y que las cosas marcharon diferente. Una mañana de sol este señor barrigón se miró en el espejo y luego contempló su jardín, y llegó a la conclusión de que no tenía ganas de trabajar. Y fue como si alguien sacara una carta de la fila de abajo de un castillo de naipes, porque enseguida encadenó razonamientos y comprendió que toda su vida había estado equivocado. Y, lo más asombroso, lo comprendió con alegría. Fue hasta donde estaba su mujer gorda y vieja y con voz dulce y una sonrisa le dijo que no quería verla más. Hizo lo propio con sus 2 hijos amargados y burócratas por él y como él, y luego llamó a la Procuraduría y les dijo que no iba más, que se acogía a la nueva Ley de Funcionarios, que se lo tramitaran por favor y le avisaran a su casita de Las Toscas o de San Luis, qué más da, y que hicieran lo que quisieran con los papeles que había que firmar urgentemente. Y se fue silbando desafinado en su Wolkswagen del 79, iba a empezar por arreglar el tejido de la puerta de la cocina.

Su secretaria, una señorita mayor y dientuda, con el pelo arreglado como una torta, se horrorizó, lo que no le impidió cumplir con su función básica. Así, divulgó la nueva en toda la Procuraduría y en los organismos, oficinas y entes a distancia de teléfono, logrando el efecto deseado con pasmosas eficiencia y eficacia. El Subprocurador fue inmediatamente a solicitar audiencia con el Ministro, y se dedicó a contemplar con júbilo cómo crecía la pila de expedientes a ser vistos por el Procurador, acariciando el sueño de que serían suyos. Los demás miembros de la Procuraduría siguieron marcando la tarjeta y entrando y saliendo a su antojo; la única diferencia era que no tenían que redactar sus 2 cartas y sacar sus 2 expedientes por día.

La escribana Marisa Gubitozzi llenó el formulario de licencia y se lo dio a la secretaria del Subprocurador para que se lo diera al Subprocurador para que la firmara, y se fue por un mes, también a Las Toscas o San Luis, no recuerdo. Allí se encontró con el exProcurador, que la invitó una tarde con bizcochos, mate y Coca-Cola. Ya no volvió. La secretaria dientuda repitió el proceso de información, agregando con creatividad que ambos 2 se habían encanutado, es decir que cogían, aunque quizá ya antes cogieran. Lo importante, lo que ella no dijo y no sabía, es que antes cogían o cogerían como burócratas y ahora cogían como gente, como la gente. La escribana Gubitozzi comenzó a renegar de su profesión a tal punto que su castellano oral se transformó en comprensible y su castellano escrito (al decir del almacenero que recibía el pedido diario) perdía fealdad y ridiculez a velocidades siderales, pasmosas, revolucionarias, privatizadoras. El Colegio consideró espeluznante que perdiera su pluma fuente y suprimiera su firma entera, y en represalia no aceptó la certificación de firma del escrito de divorcio del señor Procurador General de la Nación, alegando, entre otros sí digo, que es soltera. Soltera y todo la escribana (que ahora se hacía llamar Marisa, y hasta Mari) se cagó en que no aceptaran la certificación, ya que en su nueva situación le chupaba un huevo que el señor Procurador General, ahora Pocho, estuviera casado con la bigotuda, ya que la bigotuda ni soñaba en aparecerse por Las Toscas o San Luis y La Vid queda muy lejos, a casi una hora en auto si es que no hay embotellamiento en el empalme.

Pocho recordaba su día y se reía. Más, se reía de reírse, le hacía una gracia deliciosa ver que se estaba riendo. Se sonreía gustoso recordando el mal humor que le provocaba la secretaria dientuda y con pelo de torta, con su sonrisa zalamera de conquistadora caduca, su absoluta, metafísica ineptitud, su tiranía celosa sobre las otras niñas (tan bellotas como ella) que la querían y respetaban por su antigu~edad, como corresponde. Se le agarrotaba la barriga pensando en los puntos redonditos que hacía Hortensia sobre todas y cada una de las íes y jotas, con ese afán desenfrenado por escribir absolutamente todas las letras, con esa letra vieja y dura, lenta, difícil, cansadora. Y era ya casi irresistible cuando pensaba en el alto concepto que tenía de sí misma, de su trabajo, de su dedicación, de su glorioso partido. ¡Y las caras de idiota que ponían las 3 cuando les hablaba un poco fuerte! Como por arte de magia su mongolismo se hacía del todo manifiesto.

Sería de reírse o de cortar el pasto o de caminar por la playa, o de coger más seguido con Mari, que tan mal no estaba después de todo, la cuestión es que el vientre se le reducía, y le gustaba. A Mari también, entre otras cosas porque sudaba menos y la aplastaba menos. Mari cantaba, tomaba sol, y pagaba las cuentas con cheque, sin llevar muy bien la cuenta. Andaba de shortcito para arriba y para abajo y se desprendía un botón más de la camisa. Se sentía linda y joven con sus 43, y le marcaba un ritmo impensable a Pocho que se creía un padrillo. Escuchaban Clarín y algo de jazz no muy definido, y los mensajes del contestador que los hacían cagarse de risa: insultos de la bigotuda, reclamos de los retoños, encarecimientos desesperados de Hortensia sobre temas importantísimos con voz importantísima.


Un Mudo en la Garganta


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