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Demiurgo

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


DEMIURGO

Nace un íncubo gris, y sabemos de qué se trata. Salen ronchas indefinidas de pudor, logrando lo que pocos. Si es así, debería corregir la escoleosis, pero es prematuro. Nunca se vio algo igual. Los ojos de los dioses salvan la petisa, y siempre hay algo que contar. Es un placer.

Sería indecoroso involucrarlos en un tembladeral innombrado, salvo que quisieran, claro. Sólo por si acaso. Para llevar a cabo ese rememorar temprano que tánto se hace esperar. Para lograr consenso y así dormir en paz.

500 aves nocturnas redondean el cuadro nubarroso que no me atrevo a recordar, y todo porque un día me lo dijeron y lo quise creer. Suelen contar historias de vampiros arrepentidos, que nadie escucha. Es igual. No tiene vidrio.

Hace frío aunque no lo siento. Somos eso, dolor. Somos fantasía decorosa que trae zumbidos. Caminatas herrumbradas de azufre molido que recortan un espacio antiguo. Sales duras y nueces carcomidas en el intento. Sudores prístinos que no llegan a creer porque se preguntan por qué. Somos eso. Por qué somos eso.

Prudencia era la píldora. Hoy es el condón. Quiera Dios que salgamos a tiempo, porque puede ser tarde. Todas las heces sin hache que robamos pesan sobre nuestros haberes difuntos, y el color es azul. Luces infames corroboran que el tiempo es gratis, y la mano que empuña el cigarro fugaz es poco elegante. Cuentas en hilera que buscan aplacarnos y predicen incoherencias débiles que sabíamos desde ya, y que nunca debieron perecer sin nombrarlo. Caducamos, y nadie se entera. No ven el ciego fulgor del aire incómodo que transita las sienes.

Silencio. Silencio. Ya vienen. Agachen sus cabezas malolientes para que pasen sin dejar rastro. Rodeen el calor para no contaminarse, para contener el aliento fétido que devastará, sin duda. Provóquenles la ira. Consúmanlos de garrón, codicien su humo hasta 100, y coméntenlo a discresión. No mientan porque sí. No desperdicien esa enorme capacidad maledicente. Púdranse, pero púdranse ya. Si hacen de cuenta que el sabor les place llegarán, y no habrá quién los despegue. Piensen, por una vez. Simulen caos, dibujen sinuos directos que los lleven sin guiarlos. Produzcan mucho ya, malgasten ese fuego insano que nos dieron de yapa. Pisen esa flor maldita que colorea la arena ennegrecida de dicha. Púdranse, pero púdranse ya. Pidan una pizca de pudor para mí. Granjéense una suegra joven que cargue con sus naderías. Vigilen el horno que reventará con o sin ustedes. Vicien el rincón que les fuera reservado.

Un amante ciego y masajista mirará de reojo en sus vértebras y no lo notará hasta que se lo permitan. Azucemos, Azucena. Vaciemos el jarro de ámbar sobre el pelo del geronte, que no sabe ni sabrá a qué hemos venido. Es insensato pensar en morir. Pulgarcito quiso que así fuera, y convidó con ajenjo a los enanos lascivos que no encontraron algo mejor que detener el segundo en el área sombreada. Desde los volcanes de la risa las niñas imberbes clamaron por bodegas arrogantes que virtieran sus tintas flacas en bidés de carey, cuando en realidad simulaban crecer de acuerdo a cánones.

No confundamos exceso con video clips. Calma. Hay que esperar. Un sueño corrupto no alcanza el tallo virulento del miedo, más allá del esfuerzo condescendiente que no dudamos en rogar. Son exigencias frías, ramas desencajadas que resisten estoicas el lamido rugiente del bar. Es absolutamente comprobable. 1, 2, 3, llaman a la mesa del dirigente. ¿Quitaremos la tara? Doblegar al pudiente es fácil, hasta los paganos y los gentiles. Virar el rumor seco de la tormenta es lo que recomiendo. Pulseadas con el viento, a santo de qué. Pinceladas ardientes incendiando, en épocas pegajosas, una pira asombrosa de sal. Así los hacen creerse capaces de reir. Qué favor se harían dejándoles pasearse por el río en volanta. Qué grito atroz sofocarían en el momento poderoso del adiós.

Es duro tratar de acercar un persa al foro. Desconcertante a carta cabal. Credenciales no le faltan, y vuela groseramente. Veneran ese día como si tal, pobres. Pudiendo haber provocado torrentes de savia ácida han optado por elementales erupciones de ira condescendiente. Alguien habrá tenido que ceder su carácter efervescente al diván: no acepto la nada singular. Las opiniones decidirán a coro, y la bocha no caerá en el mordisco aquél. Aunque le cargues todo el rigor de la carie. El defensor que trajiste no hace mella en una rotación tan fugaz, y el cielo queda ríspido como un adonis reflejado.

Es voluptuoso el niño. Es sagaz. Háganlo saltar de envidia y verán el sol de su fracaso. Volteen el saco verdoso del tahur y resistirá el ridículo evidente. No es cosa de mecerse con garantías. Coleridge no protegía a las heladeras y fue la perdición del imperio. 500 fueron antes, y esos esbirros establecieron cuerdas de desembarco de donde amarrarse. Y azotaron, más, más. Cocieron con esmero el anca crónica del único sobreviviente, por amor al descontento, olvidados de su infancia cruel de llamas melosas. Eran muchos, no pude controlar su desidia. Perecí contando sus garras hábiles en la burda imitación de niebla. El destino prometido era otro. Lo canjeé por un sorbo de malta barata, por una caricia arrugada en un burdel de montaña. Lo negué convencido, lo pisé asqueado de divisas ilegibles. Por ti, todo por ti. Mi reino por tu cintura campesina. Mi luz por ese vello mohoso que robaste. Mi caballo a cambio de un cristal hueco que ni siquiera suena. Una lenteja, sólo una, y sin rellenar. Un pájaro de hiel que no suma.

Aquellos mapas rotos que cayeron del bolsillo del gordo conformista no fueron oportunos, y mis vaticinios rodaron hasta la vera del ruido desafortunado. Y pudo haber sido, ¿eh? Tantos zarpazos pedagógicos prensados en ese tonel de dudas, tantas aprendices soltando anatemas insensatos que ni sabían recitar. Es una locura. Una verdadera locura. Procurábamos dar forma a un criterio voraz con cintas de muérdago, y el mochuelo demoledor recorrió la estepa sin bajar el estandarte. Un furibundo remedo de historia. Una ninfa démi-sec, una clarabolla ausente que cruje entre tus dedos.

Insaciable, no verás esas vísceras. Serás una enferma más en el escaparate. No vale la pena perder el tino. No por eso el pigmeo dejará su discurso. Piensa. Piensa. Puedes y debes rendir más. Si fue a tiempo que te lo cantaron. Si la trenza no había dado el latigazo final. Si pudiste haber callado tus nudillos, el silencio quería ser tuyo en aquel instante sádico que se te escapó. El cesto impío estaba a tu alcance. Fue tu sed, fue tu vigilia de rigores transparentes. Hice lo que pude. Soy sólo un demiurgo. Puse de tu lado el resto fecal que despegué de mi muslo, y la única reacción fue un bigote senil.

No es justo tu reclamo. No es fiel tu asco. El gigante de madera no pudo contener el respeto mundano, a pesar de nuestros empujones. Era decurión ya el mancebo que cortó su cetro. Debiste haber oído. Fue fácil de todos modos. Un anacoreta menos, un efebo insignificante a restar del calendario. Preocupaciones banales. Habiendo tanta hidromiel que desparramar, tú miras solamente el diente partido. Si fueras un poco salvaje el reguero de milagros habría quebrado el desierto unos metros más allá, y habrías convencido al regente. Una pena. Una lástima que no pretendo callar.

Soy el descendiente de la maleza. Soy aquél que tal vez toque la cítara. Debes esperarme. ¿Serías así de vulgar? Debes procurarte tu propio flagelo, el planeta es de aquellos que pisan sin bailar. ¿Has probado silbar un eructo? ¿Has provocado un despertar desgarrante en un enfermo terminal? Si ni siquiera has sanado un primate en tus escasos siglos, gorda infame. Sacia tu ansia y vete. Vomita ese pardo descanso ilegal, descarga esa fuerza desnutrida en el paño que te presento y luego sigue tu collar en otro puerto. No es ésta tu grey. Este pasto desteñido que transitan los vándalos del ciego es muy dispar. No pruebes. Friega tu nuca blanda en un limo diferente. Tuerce tu cariz en otro algibe. Vuelca tu dinero en algún carruaje mayor, más lejano, menos ardiente. Eres sólo un par de tractos, eres ello y humo, juntas camelias en la noche. Estamos aquí, podrás siempre entonar tus arcadas. Pero vete hoy. No machaques tu presencia en el alambre perdido. Raspa tu silueta casta en una cabaña de muñecas armadas en menguante, y salva esa tu fetidez.

Si no era más que un decurión. Si su ermita desprendía cobalto. No merecía tu venganza. Correspondía sí que gruñeras sus desvelos, pero quién eres tú para grandezas. Buscar el mechón indiferente en un cajón de sastre es empresa de ligures, no de gordas. Pesar el ánima fértil de un neonato escapa a tus colinas, obeso esputo de un guardián.

Ese ceceo solapado que se requiere para sortear un varón anestesiado fue recogido del vergel crudo. Esa frénetica arenga no recobró las gamas epidérmicas, pídanlo mestizos o verdugos. Tú eres el virgo, obstetra. Tu seno pipón es caldo atroz para lavar mi vergu~enza. Una diversidad que pretenda acorralar al mendigo es presa dichosa en ese lago. Una matrona cancerosa debería esclerosar ese mi desvelo.

Y sin embargo desestimo las gafas. Sintiéndome valeroso disfruto del palco alambicado de mi soledad. Desdeño lo musical que hay en mi potrero. Dibujo tonalidades grisáceas en mi palma plana, anónima y muda, y una ráfaga de satélites inertes es escogida sin mi consentimiento. Sollozo maldiciones en canción. Sumerjo mis creencias en cenizas, esperanzado. Y el incienso que reverbera en la frente satánica carece de misterio, bosteza sin confesiones místicas, disloca el desenfreno tardío, anacrónico y fugaz de una histeria que nunca fue.

Los trinos no son de las gárgolas. El ritmo grotesco no produce fulgores. El interior a la vista es conocido, desconcertante, e incesantemente fatuo.


Un Mudo en la Garganta


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