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El Contrato

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


EL CONTRATO

Código Civil, artículo 1836: "Nadie puede obligar sus servicios, sino temporalmente o para obra determinada".

El Arquitecto conocía perfectamente el texto. En él se basó para elegir la forma del contrato, que conjugaba armoniosamente sus deseos y las exigencias de la ley. Una obra determinada: construir, en un vasto (vastísimo) predio propiedad del Arquitecto, un edificio según sus planos e indicaciones. No se exigía capacitación; sólo juventud y buena disposición.

No esperó mucho. Pasaron unos pocos y apareció. La situación era difícil para los desocupados.

"¿Y el pago?

"Recibirá cuanto necesite, para el trabajo y para usted. No le faltará nada. Además, al terminar obtendrá el equivalente de su trabajo, valuado según los criterios del momento. Repito lo que usted leyó en el contrato.

Las condiciones parecían buenas. Se aseguraba el sustento por tiempo indefinido, y se formaba en un oficio.

"Pero, y si me caso, y tengo hijos...

"También eso está contemplado en los términos del contrato. Vea aquí". Leyó, señalando las palabras en el papel oficial y reluciente: "En caso de que el que por el presente contrato arrienda sus servicios contrajere matrimonio y debiere, en consecuencia, soportar las cargas que una familia conlleva, quien lo contrata responderá por ellas, satisfaciendo la totalidad de las necesidades inherentes al bienestar de su mujer e hijos, y asegurando la posibilidad de una vida en común del mencionado grupo familiar en condiciones sobradamente decorosas".

Ante tanta seguridad, no pudo más que aceptar, a pesar del rechazo que le provocaban las extrañas condiciones. Indudablemente no podía esperar algo mejor. Sabía hacer nada. La niñez lo había abandonado hacía unos pocos meses, de golpe, llevándose sus ventajas (cama y comida más o menos regular). La ausencia de pago periódico y definido y de límite de duración del trabajo lo cuestionaban, pero decididamente los pro superaban a los contra. De hecho, casi los anulaban.

En ese lugar, vasto, el adolescente se transformó en hombre. Ladrillo sobre ladrillo fue dejando sus años, largos. A la vez, el Arquitecto construyó su Palacio. Depositó conocimiento sobre conocimiento, distribuyéndolos y dosificándolos sabiamente. Esperaba con paciencia que decantaran, apuntalaba unos con otros, y decoraba la sólida construcción con sentimientos y sensibilidades. Diseñó y delineó tan bien el interior de su obrero, que se traslucía por sus ojos, su pelo, su piel, y agraciaba sus modos y relajaba su andar.

Pero son pocas las aves que cantan enjauladas. Llegó el momento en que el obrero no cupo más dentro del cuenco de las manos de su Arquitecto. Quiso abrirse, ver otras cosas, usar y dar lo que había recibido.

"Señor Arquitecto, querría hablar con usted... Ahora soy distinto, soy otro. Año tras año he construido su edificio, sala por sala, y cada una que construí fue superior a la anterior. Cada parte que edifiqué exigió más de mí, más conocimientos y más dedicación. Cada vez me sentí más satisfecho. Pero al terminar una, había otra, con sus planos prontos, y usted, esperándome. Hoy terminé su Gran Sala. Ambos la decoramos con amor, con verdadera entrega, contemplando los más mínimos detalles. Parece ser la cúspide, no concibo algo mejor como accesible. Su Obra, mi trabajo, se ha extendido muchísimo, y sin embargo, al mirar por la ventana del último recinto construido, se ve territorio ilimitado y suyo, esperando que sobre él se edifique. Y yo... me quiero ir. Me gusta lo que hago, a usted lo admiro y lo quiero mucho, y siempre le agradeceré. Pero la vida no acaba aquí. He crecido. Quiero vivir. Era esto lo que quería decir, y si usted me lo permite me retiraré mañana temprano.

Estaba previsto. El Contratante no deseaba servirse del recurso que se había procurado, pero siempre supo que llegaría el momento.

"Sabés que te necesito. Somos un equipo, nos entendemos. Nuestra Obra no está terminada, también lo sabés. Nuestra Obra es magna, superlativa. Quiero que te quedes, te ruego que te quedes conmigo, en el lugar que te corresponde.

"Perdóneme, Señor, no me gusta decírselo así, pero me voy. Hay mucho esperándome, y no sé cuánto me esperará. Tengo que irme.

"Yo tampoco quería llegar a extremos, pero debo decirte que no te irás. Tenés que quedarte. No creo que sea necesario que te muestre el contrato.

"¡Por favor, Señor! Ese contrato tiene que darse por cumplido. Ninguna tarea dura una vida. Usted pretende que yo deje la mía aquí, lo que no puede ser. Construí, construí, construí, y siempre hay más por construir. ¡Es absurdo!...disculpe usted. "No podés irte, lo sabés, está escrito y tiene tu firma al pie. La Obra no está terminada, puedo probarlo fácilmente. Y falta lo mejor, siempre faltará lo mejor. Llegarás a ver la gloria de la Arquitectura. Sentirás que tu ser no cabe dentro de ti, y sin embargo seguirás creciendo, siempre.

Las posiciones se mantuvieron. Discutieron hasta que el Arquitecto se negó a seguir. Después, como pudo, el Obrero recorrió juzgados y consultó abogados oyendo siempre la misma negativa. Estaba atado. Su vida era envidiable, su formación estupenda, se realizaba cada día en su superación. Pero no se pertenecía. No podía cometer errores, perder, sufrir. No podía probar lo desconocido, o entregarse. Le dibujaban el camino.

Resignado. Su trabajo no era tan satisfacente, pero tenía que aceptar que seguía disfrutándolo. Su Maestro sabía de su cambio. Lo había esperado, y lo notaba. También eso estaba en sus planes. Había llegado el momento de terminar las enseñanzas directas. Debía dejar lugar a la reflexión, alimento de la mente y del espíritu. Fue así que redujo las horas de trabajo, y comenzó a proponer sutilmente temas de discusión, que, si el discípulo aceptaba, trataban por un rato, hasta que el Maestro se retiraba. Y de ese modo, poco a poco, el empleado fue descubriendo la reflexión. Lentamente le fue tomando el gusto, en un proceso que transformó el aburrimiento del ocio en hondo placer intelectual. Distintas ideas fueron desglosadas, esquemas de conceptos fueron atacados desde los más diversos ángulos, y vencidos, domados, o vitoreados por un nuevo aliado. Ese rumiar, a veces como una noria, fue muy fecundo. Su cerebro adquirió la capacidad de analizar profundamente, sumándola a la receptividad y la aptitud de comprensión, ya muy desarrolladas. Y la insatisfacción que frecuentemente resultaba le hizo comprender que no estaba terminado. Quizá irse no fuera lo mejor.

Todos sus pensamientos íntimos llegaban a beber de la misma fuente. Tenía varios abrevaderos, que se confundían: libertad, independencia, autoposesión. Y el sabor del agua era cautivante, tenía un dejo de bajeza prohibida que lo hacía quedarse en la orilla bebiendo a grandes sorbos.

Era lógico que fuera esa idea el centro de su análisis. Ese era su punto. Conocía el conocimiento, y el regocijo del trabajo completo. Sabía de respeto, amistad, cariño, reconocimiento. Había admirado. Por tanto, ninguno de esos temas podía ser el suyo. El elemento común a todos sus pensamientos, que afloraba dominante en cada uno haciendo su reflexionar recurrente casi hasta la manía, era el precio de su crecimiento: no empleaba, quizá nunca emplearía lo recibido sino en aumentarlo y enriquecerlo. Crecía para crecer. "Ser y no poder hacer", suspiraba.

Puede parecer que pensar así debería llevar al obrero a la desesperación. No, no. El Maestro sabía lo que hacía. Al entrar en contacto, en el plano ideal, con lo que tanto anhelaba, el discípulo comenzó a definirlo. El primer paso fue caer en la cuenta de que no sabía exactamente qué deseaba: los abrevaderos se confundían. Aquella meta inalcanzada, de incalculable valor, no resistía el análisis. Perdía su identidad, revelándose, bajo su deslumbrante corteza, como una nebulosa más inquietante que deseable. Con el tiempo, por el constante ataque desde los más variados ángulos, esa maraña de conceptos representativos de lo añorado fue perdiendo su cohesión. Podía distinguir elementos, ver diferencias, establecer una jerarquía, aislar los meros caprichos. Arbitrariamente eligió uno de los términos como definición: libertad. Aquello que tanto valoraba, justamente por no tenerlo, y que deseaba fervientemente, era colectivo, y en principio incluía más de lo que realmente lo integraba. Correspondía ahora seleccionar, lo que implicaría renuncias, dolorosas como todas. "La vida es una constante elección", pensaba. "Por eso los débiles que todo procuran nada obtienen, y la insatisfacción es plaga".

El primer deseo, punzante, era irse. No por irse, sino por algo y para algo. Para qué... Ahi ramificaba. Llovían a su conciencia los nombres de infinidad de experiencias desconocidas: discutir, disertar, liderar, competir, perder, equivocarse, despreocuparse de todo, viajar, convivir, cambiar de opinión, luchar, agredir, defenderse, vencer, dominar, despreciar. Muy variadas, pero con 2 elementos básicos comunes: liberarse de las ataduras y vivir intensamente, sin desperdicio. Abandonarse, vivir al son del instinto, moverse con los deseos, como fueran. Pero jamás habría sido lo que era si hubiera vivido así. La idea lo asaltaba ahora, luego de años de disciplinada formación, que había sido agradable y lo enorgullecía. A aquel joven necesitado que aceptó el contrato no le interesaba esa vida desordenada. Ni siquiera podía tenerla en cuenta. "Entonces, según veo, hay que formarse y luego entregarse a la vida", concluía. Pero formarse hasta qué punto. No sentía que su aprendizaje estuviera completo. Seguía ávido de conocer más y mejor.

Claro, las experiencias de la vida libre resultarán interesantes, profundas y muy útiles, pero difícilmente eleven. El sol broncea pero no instruye. La vida interior, en cambio, es poco atractiva en un principio y sacrificada siempre, pero a la larga reconforta. Vivir intensamente en el plano sensual ofrece fuertes emociones y placeres fáciles, a corto plazo, pero siempre decepciona. Aburre, hastía, nunca satisface. Y, además, en el mejor de los casos sólo puede gozarse durante parte de esta vida.

Mientras así discurría, y quedándose se resolvía a quedarse, el obrero seguía construyendo y envejecía. Su Patrón marchaba a su lado, como había hecho desde el principio, y el Tiempo tampoco perdonaba su piel, ni su pelo, ni sus músculos, ni su espalda. Aunque, curiosamente, parecía olvidar su intelecto y su dicción. Y, también curiosamente, ambos embellecían al envejecer, adquiriendo una pátina de luminosidad álgida en sus casi constantes sonrisas mansas, y que daba, ya en las proximidades del Fin, una imagen física de lo que debe ser la felicidad. Sus diálogos fueron haciéndose menores y más espaciados, para terminar en lacónicas y escasas referencias apologéticas a su Obra. Para trabajar se manejaban con los planos del Arquitecto y sonrisas de asentimiento o aprobación. Y el Palacio creció y creció, en tamaño por un tiempo, y luego casi exclusivamente en calidad. Cada toque era maestro, cada nuevo detalle enormemente enriquecedor. También el empleado había seguido creciendo, y se asemejaba más y más a su Autor. Al avecinarse la Conclusión, era su fiel reflejo. O quizá sea más acertado decir que estaban totalmente compenetrados. Que vivían en íntima comunión y tenían objetivos absolutamente coincidentes.

Un día, después de cenar, el discípulo se sentó en un sillón a meditar, y se quedó dormido. Plácidamente recorrió su vida y su Obra, y la Obra de su Maestro. Se sintió satisfecho y en paz. Sintió la suave voz de su Autor. Levantó la cabeza y lo vio frente a él, nuevamente joven y con un muchacho alerta a su lado.

"Esta es tu casa y éste tu discípulo. Ya firmó su contrato. Buscá tu terreno (que será tan vasto como el mío) y comiencen. El su Obra, un gran Palacio, y tú las tuyas. Como verás ya sos Arquitecto, y por lo que ves cumplí mi parte. Fuiste un buen discípulo. No tuviste alternativa.

Y el que había sido discípulo se puso de pie, y los 3 caminaron hacia la puerta. En el espejo del zaguán se vio erguido, joven y maduro a la vez. Ya fuera, ambos Maestros se despidieron, y el más antiguo se separó.

Al despertar, vio su Obra como suya, desde dentro. Sobre la mesa halló un contrato igual al que había firmado. Se sintió fuerte y sabio. Se aprestó a salir, a culminar su tarea, cerrando el círculo. O simplemente a avanzar un escalón en el espiral.


Un Mudo en la Garganta


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