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Conciudadanos

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


CONCIUDADANOS

El edificio reposa beatífico, incluida la vieja del televisor estruendoso que ha decidido perdonarme, por una vez. No sé si será la misma que no me perdonó hoy cuando dejaba el condominio en pos del matutino, previa batalla despiadada con la cama para lograr el récord de salir de casa antes de las 10:30 am. Tuve la peregrina idea de saludarla, haciendo gala de un civismo nuevo en mí, maduro diría, fruto de la experiencia que ha sedimentado estos últimos años en mi abdomen. Estaba parada en el vano, era cuestión de elegir: o la empujaba, o le pedía permiso, o la saludaba. Opté por la última, en ésta mi era adaptada. ¡Ah, aquellos tiempos! En mis años mozos la habría revolcado de un empujón, y habría pisado su pierna y su brazo con esmero al pasarle por encima, regodiéndome anticipando los festejos de los amigos. Los años no pasan en vano, no. Hoy... no sé, ya no tengo la misma energía, la misma decisión. Hoy una vieja con un Parkinson incipiente, una croquiñol indecente de bucles redonditos recién hechita en ese pelo gris como hueso de bagual, y con una voz cascada y zalamera como la de un cura sin voto de pobreza, se permite espetarme en plena cara, sonriéndome impúdica sus dientes postizos:

"¡Buen día! ¡Cómo te va!...¡Cómo le va! ¿Con muchas ganas de trabajar, no? ¡Tiene pinta de trabajador!

Yo le había dedicado una mueca mecánica sincronizada con el buendía, y había seguido mi camino. Trato de dejar que los muertos entierren a sus muertos. Así que la anciana y respetable vieja de mierda fue gradualmente subiendo la voz, para asegurarse de que oyera su afrenta completa, hasta el mismísimo final. Para que apurara el amargo cáliz sin dejar una gota para el siguiente celebrante. En mi infantil ingenuidad, que guardo como a una perla natural, creía que la ironía estaba ausente en la tercera edad. No era posible que ese fósil manejara el sarcasmo con tal gracia, con tal soltura, que pudiera adelantar el florete y tocar mi pecho sin que sus movimientos osaran generar sonido, arrancando rugidos ahogados del público. Había llegado a la vereda cuando mis tímpanos captaron la última vibración, y no fue hasta la esquina que me recompuse del asombro. ¡La puta que la parió a la jovata! ¡Qué audaz! ¿Y si yo tenía la sevillana? ¿Y si me nacía un impulso irrefrenable y tomaba su cuello entre mis manos para presionarlo insistentemente, incansablemente hasta agotarlo de vida, salvándola de la abyecta prisión de ese cuerpo torpe y antiestético ante la mirada atónita e inmóvil del portero, que mide como 10 centímetros menos que yo y que, además, como todos saben, es cagón? La señora se jugó la ropa, no cabe duda. O voy a tener que convencerme de que ya ni siquiera asusto a nadie. Vio mi barba de 3 días, las lagañas en mis ojos, las zapatillas mal calzadas, el pelo irsuto y revuelto. Oyó mi voz de ultratumba...

Habrase visto, abusar así de mí. De mí, que siempre les abro la puerta y las dejo subir primero al ascensor. Fue a ella misma que le escuché, con paciencia franciscana, una parte importante del relato de los chorros. Temblaba la vieja sosteniendo la puerta del ascensor, y yo dentro esperando. Y la aguanté muchos segundos antes de tomar la puerta con una sonrisa decidida y cerrarla y seguir viaje hasta mi piso. Había contratado un guardia que no le iba a servir sólo a ella, sino a todo el edificio. Que conste, le dije qué bien señora muchas gracias mientras cerraba la puerta, casi sin hacer ruido, además. Y no le agarré los dedos. Honestamente, pudo haber tenido algo de consideración. Aunque si es la misma, la de la tele, se lo perdono de corazón, la doy por bien pagada por haberme perdonado ahora, por haberme concedido, por una vez, una medianoche silenciosa en que oir el repiqueteo de las teclas. E incluso si no es la misma, la perdono igual, por la mera posibilidad. Homo economicus como soy, no estoy dispuesto a pagar el elevadísimo costo que supone verificarlo, por el reducidísimo beneficio de sacarme la duda. Dejémosle a ella el beneficio de la duda, y quedémonos con el perdón. El perdón es sabroso; al menos eso dicen.

Tengo entonces el ingreso del sabor del perdón más el ahorro de las conversaciones con sendas viejas o, como poco, con el portero, que giede feísimo. Negocio redondo. ¡Y después dicen que no hay desayunos gratis! La educación dicotómica obliga a creer que siempre se trata de un juego de suma 0, que nunca hay posibilidad de recibir algo si de una forma u otra no se le está quitando al prójimo, que nadie puede dar lo que no tiene, etcétera. Y, sin embargo, aquí está. ¿La pestilente y senil vecina tiene perdón? Ene o. ¿Tiene sabor? Negativo. Y sin embargo la noche tiene silencio y yo tengo el sincero regocijo de haberla perdonado. ¿Y quién sino ella me lo ha dado? Pero estos hombres de poca fe, estos insensatos neolavoisierianos seguirán presentando sus columnas de números y exigiéndoles cordura. Requerirán revolver sus dedos de punta chata y uñas comidas en las llagas, como si estuvieran llenas de dulce de leche. Y aún así seguirían tratando de cuadrar sus cuadritos. Desaforados en su carrera por creer, por taparse los oídos y gritar para no poder de ninguna forma oir la verdad que se les revela a cada instante, en cada olor suave, en cada sueño plácido, en cada brisa. Por eso, justamente por eso es que se rodean de perfumes nauseabundos, se tupen a somníferos hipnóticos, se encierran. Se apilan en estos engendros diabólicos para no oir la verdad que se les grita. Así, entes tan dispares como la amable señora de la elegante permanente y el suscrito nos vemos en la obligación de saludarnos y hacernos comentarios más o menos sarcásticos, más o menos ingeniosos, más o menos burdos o simpáticos. Dios los cría y ellos se juntan... ¡patrañas! ¿Qué tengo yo en común con ésta o con cualquiera de las viejas que componen el 90% de los propietarios y ocupantes a cualquier título de esta honorable casa de apartamentos de Los Pozos? Pueden pasar meses, años sin que nos conozcamos, oyéndonos mutuamente los ruidos íntimos sin vernos las caras.

Tal cual están dadas las cosas, no sé qué voy a hacer. Hace frío, mucho frío, y la administración del edificio no se decide a prender la calefacción central. El vecino de abajo eructa y se tira pedos de corrido, y no me animo a hacerle una denuncia porque tiene fama de matón y además estoy precario en el edificio y él es presidente de la Junta de Vecinos Copropietarios Coadministradores. Yo soy covecino pero no soy ni copropietario ni coprófago ni, por Ende, coadministrador. En el piso de arriba, tienen su hora pico alrededor de la 1:30 am. Se oye un desplazamiento rítmico, cíclico, de tacos de mujer. Los tacos van, y vienen. Van, y vienen. Y yo me sonrío tirado boca arriba, saboreando mi civismo, en vez de dejar de reprimirme e ir a la cocina, agarrar la escoba y empezar a dar con el palo en el techo. Es curioso el comportamiento humano. Solo en mi casa, de madrugada, ¿quién puede admirar mi autocontrol? Y sin embargo me siento orgulloso de apretar los dientes, tirando las comisuras de los labios para atrás, a la vez, para convencerme de que estoy sonriendo. La otra noche congelé la imagen y me levanté para verme la cara en el espejo. Me dio un espasmo de risa suficiente para acallar la danza sincopada de los tacos de aguja. La próxima vez voy a dar tanto golpe en ese techo que no va a quedar un centímetro de cielorraso. La casa no es mía, igual. Cuando me vengan a cobrar no voy a pagar un carajo, igual. Las canillas pierden, hay varios vidrios rotos, unas cuantas maderitas del parqué se salen constantemente, así que el techo todo descascarado va a ser un desperfecto más de mi apartamentito de soltero. Soy un excelente pagador. Nunca molesto. Espero que muestren reciprocidad, que al menos por contagio sean condescendientes y no me cobren los daños.

Ya sé que debí haber revisado el inventario, pero no me dio. La inmobiliaria del rosacruz es en Afamada por allá, a la altura del monumento a San Martín, y eran como las 10 de la noche de un día agitado, y yo quería mi derpa. No tenía cómo verificarlo, salvo que pospusiera la firma. Sabían los muy joputas que no me iban a dar las bolas y por eso me lo pusieron adelante y salieron del asunto sin más. Trust me, Winslow. Now sign. Espero que el masón haya consignado que hay 2 vidrios rotos, que el cable que cierra (y abre) la ventana del baño está cortado, que la canilla pierde, que el piso se sale, que las luces del techo del living no andan, que el portero autómatico recibe pero no trasmite, y que (hoy lo descubrí) el único sartén disponible tiene el mango irremediablemente suelto. Estoy acostumbrado, desde muy menor, a tener la sartén por el mango, por tanto un sartén sin mango altera sustancialmente mi calidad de vida, y eso no tengo por qué tolerarlo. Así que la próxima vez que vaya al supermercado voy a comprarme uno y se lo voy a cobrar al propietario de la vivienda. Sí señor. Como lo oyen. ¿O qué se cree? ¿Que se la va a sacar de arriba? No, no. Conmigo no se juega. Mañana mismo voy y pido una factura aparte por el sartén, y se la llevo sin prolegómenos al templario de los bigotes. O peor, se la descuento directamente del alquiler que le deposito religiosamente en su cuenta, mes a mes.

330 verdes, qué lo parió. Pero los vale. Tiene una vista ciudadana realmente de envidiar. Menudo trabajo le dio a mi vieja. Empezamos buscando uno para comprar, seguimos mirando para alquilar sin muebles, y terminamos alquilando éste, con muebles. Bah, el plural es un mero formalismo mayestático. Qué sería de mí sin mamá. Le tomó como un mes. Es cierto, no fue a horario completo, pero se peló el orto. Se lo ganó, el Tejera. Después vinieron las envidiosas de mis hermanas y le compraron otro Tejera y, como no podía ser de otra manera, el mío fue desplazado del sitial pictórico principal a un lugar precioso, estratégico, pero distinto del principal en que cuelga, orondo y triunfal, el segundo Tejera, éste sí de niños como a mamá le gusta, y no una mujer con una capelina blanca, iluminada de costado, totalmente falta de gracia. Ven, otro buen negocio. El trabajo de selección de vivienda del hijo soltero le reportó a mamá, así, no 1, sino 2 Tejera. Además, claro está, de la paz familiar.

Me congratulo de poder disfrutar la mañana en el pisito de soltero. Es puro sol. Las ventanas que cubren generosamente el lado este te regalan un representativo más que válido del conglomerado de techos de alturas y colores varios. Vista ciudadana. Quien haya estado en Florencia sabrá lo que es disfrutar del paisaje de tejados. Mi vista tiene absolutamente nada que ver con la de Florencia desde el Campanile, y sin embargo. Todos esos techos vistos desde arriba en ese mar de sol, y con el mar asomando tímidamente allá al fondo, hacen que uno se sienta poderoso.

"Todo esto es mío. Si te postras y me adoras, te lo daré", le decía a esa carita infantil y rígida, que no hacía más que sonreir. Le faltaba el hilo de baba para poder diagnosticar, sin ningún margen de error, síndrome de Down. Pero era buena, che, y eso es mucho decir. Le estaba ofreciendo una cita profundísima como aderezo de esa magnificencia casi mística ante sus ojos, haciendo gala de mi erudición, y lo único que ella podía hacer era sonreir. Que más puede -- ofrecer -- una mujer. No puede, siquiera, ofrecer admiración a un pretencioso hiperculto. Una mujer es irremediablemente un estorbo para un aspirante a escritor que sabe a ciencia cierta de su superioridad y, paradójicamente, de sus enormes limitaciones. Un ser humano que desprecia al género no puede evitar despreciar a las mujeres. Puede sí, permitirse excluir, o al menos hacer esfuerzos por excluir a los niños, esos locos bajitos, cuando son, todavía, locos bajitos. Porque el nivel de intoxicación es tan grande que uno los encuentra totalmente faltos de niñez ya en sus primeros años. No han aprendido a caminar y ya saben comportarse en sociedad, coño. Bruxan, exigen, cargosean.

Vaaamos... Si todavía quedan esos que inventan amigos con nombres intergalácticos sin haber visto Buck Rogers ni ningún sucedáneo menos pasado de moda. Que se pasan horas mirando una piedra o un camino de hormigas. Que bailan contra el grabador moviéndose como se mueven los pingu~inos bajo efecto de la música en los documentales de Cousteau. Todavía hay muchos que duermen tan plácidamente que parecen otra cosa, parecen paquetes de paz, garrafas de espíritu. Respiran como si fueran dueños del aire, descansan como si fuera cierto que lo único que cuenta es ese instante que está transcurriendo ahora y que, por definición, no existe.

Pero luego, con el paso del tiempo (de muy poco tiempo, cada vez menos tiempo, patéticamente menos) se transforman en humanos. Nacen ángeles y los convertimos en primates. ¡Dios santo! Y es irremediable. Por eso calculo que en mi puta vida tendré un hijo. Porque no quiero ser directamente resposable de la degradación de la especie.


Un Mudo en la Garganta


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