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El Burgues

El texto que sigue, compuesto de el libro de cuentos "Un mudo en la garganta" y su introducción titulada "Atención reseñantes" fue escrito en su totalidad por mí. Los derechos de autor son mi propiedad, según registro en la Biblioteca Nacional de la república Oriental de Uruguay. Se prohíbe su reproducción parcial o total con fines comerciales, salvo mi autorización expresa.

The following text, including the book of stories "Un mudo en la garganta" and its introduction titled "Atención, reseñantes" was written totally by myself. The copyrights belong to me, according to its registration in the National Library of Uruguay (Biblioteca Nacional de la República Oriental del Uruguay). Reproduction for commercial purposes without my formal authorization is forbidden.

Julio Vera, CI 1.425.704-3, <lvera@varela.reu.edu.uy>


EL BURGUES

El tamboril solitario es una gran llamada. La llamada de la sangre. Me río mirándome, no sin cierto despecho, las venas verdosas de las muñecas. Retumba en la calle y en mi mente. Tum, cachac, carabapum-carabapum, cachac, tum-chac. Y luego madera: chac, chac, chac, chac-chac. Todavía sentado al volante, reduciendo gradualmente el vaivén de mi cabeza por la frenada, miro a la esquina. Por las ventanas del tugurio blanco se ve al negro joven que sacude sus crenchas rasta. Tocan francamente mal, pero es tamboril. Y alrededor del negro eso tan preciado.

Trancar la puerta con un buen portazo, y en vez de ir para acá, ir para allá. Recorrer los 50 metros y alcanzar a la gente que rebosa con la luz barata y directa. Luz al fin, gente al fin, música al fin. Vamos, vamos, es mejor que irse a la camita. La música rebota de aquí y de allá. Lo normal es que quede nada a esta hora, que no haya más remedio que guardarse. Vaamos. Contra el muro deshabitado de enfrente al bar se recuestan varias marrones de menos de 25, revoleando el buzo en la cintura, queriendo ser Rosa Luna sin un solo carnaval. No salís si sos menor. La música de hasta hace un rato resiste como un murmullo malintencionado en las orejas. Ya va a pasar. Me dejo caer apoyado en el pescante. Me enderezo agarrado de la puerta, y doy el portazo. Acá estoy. El gato cruzó, yo también puedo. Dios creó al hombre a su imagen, y puso a todos estos bichos a su servicio.

"Gato, gatito, llévame al otro cordón.

Los pies empiezan a arrastrarse por el medio de la calle, y el sonido rasposo va y viene de edificio en edificio, de comercio en comercio. De boliche en boliche. Se apuran para acompañar al cuerpo que se adelanta. Voy cada vez más rápido. Entro embalado, dando un saltito en el escalón de la puerta de doble hoja. Con el embión llego apurado a la barra, y me freno con los 2 brazos estirados. Quedo así, elegante y rígido, y sonrío pensando en Bidegáin.

"Grapamiel, Gerardo, cómo andás.

"Bien", y da el culo del vaso contra el mármol rajado y pegado con mugre. Escancia hasta más de la mitad, y agarra mis 4000 pesos. Giro levemente y me acodo, como corresponde, mirando hacia la mesa de los niños cantores. Vuelvo a sonreir con un resoplido, ahora imaginando al irsuto del gorrito y la barba crecida gritando catorcemilcuatrocieentosenteticuatr, con dos milloones de pess.

De cerca no es menos borroso. Las caras y los ruidos se me resisten. En una bruma de sopa nueva el bar y su multitud hacinada llegan a mí tarde, aunque distintos. Iguales a sí mismos y separados unos de otros, pero eso: tarde. Hay una niebla de tiempo entre eso y yo, entre ellos y esa cosa que los siente. Sacudo la cabeza suavemente, para no avivarlos, y me paso la mano por el pelo. Necesito aire, sólo un poquito de aire fresco. Duro y lento me desplazo de nuevo hasta la puerta de doble hoja. "Durito como gurí cagado el burgués", pensarán las añoradas marroncitas. Ya me recuperaré, y alguna va a caer en la magia del Convento. Me reclino en el filo metálico, subido en el escaloncito, respirando hondo por la nariz. Sigo mirando, tratando de abstraerme de la demora entre lo que sucede y lo que agarro. Gerardo entendió su nombre manando de mi burbuja, y me trajo grapamiel. El coñac de los pobres. La diferencia se cobra al despertar. Esos vasos tan gruesos, tan pesados, con un culo ancho como para usarlo de mortero en el cráneo de alguna mujer insistente en oradarle a uno el cerebro. Ese líquido espeso que pone más tiempo entre el licor y el sabor, entre el azúcar y los dientes, entre el fermento y mi estómago y mi sangre y mis neuronas y mi dolor de cabeza y mi arrepentimiento de mañana, cuando no iré a trabajar, no no, de ninguna manera.

Gracioso, cómo arrastré los pies desde el Pato. Me faltan los golondrinos y soy tan sexi como Bidegáin. Raspé las suelas como todo un músico, y los edificios de los costados me ovasionaron. (Estos verbos de sustantivos de verbos... Habría que prohibirlos). Y los gatos, que son los amos de la noche. Nada más elevado que complacerlos en una calle desierta y silenciosa. Chasquear los dedos al compás de los pasos, que vuelven rechazados por las paredes, que prefieren el sueño de los píos. Gastar las suelas sintiendo frío a través del agujero en el izquierdo que pisa mal, sin zafarse del sonido lleno y generoso del trío de tambores que manipula el negro de negrura tímida, el mulato que acá es negro porque acá no hay negros y por tanto deja de haber mulatos.

El filo de la hoja fija me arde en el hombro, pero soy hombre y aguanto. Hago girar el trago tratando de dejar la cabeza quieta, y pienso en lo sexi que es Bidegáin. Estoy entre 2 puertas de doble hoja color antióxido, en una esquina de muros ásperos como de valet gastado. Como, porque no son más que muro pelado.

"A mí me dicen Tito, y me importan un carajo las paredes de este antro", dijo el calvo que estudia, circunspecto, la Biblia Burrera. No quise ofenderlo, ni siquiera quise hablar. Aunque me gustaría mucho hablarle a la petisa peluda que pasa para acá y para allá y ni me mira. Los que caminamos por una cornisita, desaprovechando la autopista, creemos que sólo hay disco queens en las discotecas, esos lugares cerrados con iluminación estridente y mala ventilación, con mucho humo y pisotones y ropa ceñida, que en mi época llamábamos bo tes. Craso error. Esta es la disco queen del Los Pozos Star, por derecho propio. Ha expuesto su corona ante varias contendientes y ha resistido ya sendos fines de semana. Por eso, y sólo por eso, no me mira. Además, no ha tenido oportunidad de verme arrastrando los pies por el medio de la calle desde el Pato a mitad de cuadra, a la entrada del Convento. Y, menos que menos, me sabe el feliz administrador, el casero, el padrone, el landlord de tan afamado complejo habitacional. En su ignorancia se afana en contonear esa almendrita dura dentro del overol gastado, raspado en la juntura nalga/muslo y francamente roto en las rodillas. Muy parecido al del mulato, que de ahora en más llamaremos únicamente negro, para respetar las costumbres locales. El es el king, con sus crenchas rasta y su tamboril, y su melanina. Elegante, el negro. Rasgos finos, miembros esbeltos. Si es cierto que bailaba en el Ballet Nacional, debe ser bastante mejor con las piernas que con las manos. El negro y la petisa, la dupla real.

Sólo tiene pinta y tamboril. Y le sobra. Se ha desarrollado una suerte de posmodernismo tercermundista que ha sido la ruina de los matones. Ahora se apunta a lo delicado, y en eso el negro gana por varios cuerpos. El y sus secuaces hacen el ritmo, y el Gallego marca qué aires deben cantarse. Con el mismo compás caen boleros, tangos, candombes, murgas, chotis y vidalitas. Un fenómeno el Gallego. Entona, pero eso uno lo tiene que adivinar. De su boca sólo sale un soplido ronco y parejo en el que se leen las palabras y, de allí, el aire. Me separo de la hoja filosa que estaba por desgarrarme el saco, y me le paro atrás, tomándole el respaldo con la izquierda. Cara cuadrada, gorra de lana barcina y una barba de, digamos, 5 días. El líder indiscutido de la barra brava de Bellas Artes. Todos cantan encantados lo que indica, jugando a las adivinanzas melódicas.

Si bien visiblemente borracho, y con el nudo entre las tetillas (que todavía no se ven), no dejo de estar de traje. El alcohol nunca me quitó la conciencia, y aún así sería difícil abstraerse del sentimiento general. No tengo el disfraz apropiado. Nunca lo tengo, por otra parte. Y sé que sé cantar. El de la guitarra es repatriado, será amigo de algún amigo de algún amigo del Gallego, que tal vez haya pasado por Bellas Artes. Le sirve que haya uno que se sepa las letras de Sabina y Aute, que tenga pulmones y garganta. Mi mano no suelta el resplado. El del gorro empieza a mirar para arriba, nervioso, a intervalos decrecientes. Su giro es corto, trabajoso, debe hacer poco estiramiento. El negro toca cada vez más suave, hasta que quedamos sólo guitarra y voz. La gente sonríe dando palmas, mirando alternativamente al Gallego y a un servidor. El público: algo gratificante en esta torpe existencia. Te saca el pedo más que la coca. Sergio me acerca una grapamiel, de la casa. El Gallego se para sin correr la silla. Pesa menos que yo.

"¡Qué, ahora seguimos al burgués!

"¡No te calentés, veterano!", y le puse la mano en el hombro. Estaba más o menos 20 años arriba de la media.

"¡Veterano la puta que te parió!

"Ta bien, veterano, no te calentés...

"Veterano la concha de tu madre, la putísima madre que te parió, brisco de mierda, la cotorra de tu hermana". Ponía distancia y se agarraba el escroto. Lo medí. El resto miraban y se reían. Se volvió a sentar.

"¡Negro, dame un candombe, que ya tuve bastante de la Madre Patria!

"Parece que todos tuvieron bastante de gallegadas", aventuré. Carcajada general. El de la guitarra arrancó con Chulapa mía. Seguí el concierto. El gorrito de lana sucia fue a mear, o al menos eso dijo. Cuando volvió me sacó la silla de un tirón. Yo estaba abstraído en la aprobación general, y en particular miraba a la reina de la vendimia, que a esta altura, imaginarán, había notado mi presencia. Con esa extraña habilidad del cerebro cantaba y pensaba cómo iba a hacerle saber que soy el dueño del Convento de ahi enfrente, que el corredor es espectacular de día y de noche. Omitiendo, claro, que en esta época uno se caga indefectiblemente de frío en cualquiera de los 4 apartamentos. La actividad cortical múltiple no me permitió, sin embargo, percibir las abyectas intenciones del Gallego. No tuve más remedio que caer ruidosamente con vaso y todo, destrozando la estética de mi posición reclinada y la magia que encantaba al auditorio. Me había quitado demasiado con la silla el señor, me lleve el diablo. Me pareció que me quedaba en el suelo una eternidad. Ya no tengo 20 años, antes de levantarme pasé por la nueva humillación de las 4 patas. Aunque tenso, el soberano era de nuevo del de la gorra. Yo había vuelto a ser el burgués que a veces aparece, a última hora. Los eunucos de siempre habían rodeado al oscuro námber guan y auguraban sus melodías.

"Gerardo, dame, por favor, un vaso de vino. Para ungirle la cabeza.

"¿Por qué no volvés mañana, burgués? Es tarde. Te puede salir cara.

"¡Qué efímero es el éxito, Gerardo mío! ¡Qué ingratas, las masas!

Pero ya no me oía. Tuve que conformarme con el comentario del estribo del de la Biblia Burrera.

"Acá no venden masas, pibe.

* * * * * *

Con este triunfo no me puedo ir a dormir. Es como ir a un baile en el Nautilus con un 0 quilómetro. Con esa goma vamóal Zumo, papi. Había un canario en Elcano que juraba tener un perro que decía "hola". Yo tengo 2 latas que dicen "Pintura en Aerosol -- altamente inflamable -- PELIGRO". Acordes con este triunfo que guardo en mi manga. En tan fino estuche de peluche rojo. ¡Qué sexi sos, Bidegáin! Paso entre el Pato y el cordón. Me quedó un poco separado. Me recuesto. Una leve caricia. Va a ser complicado hacer equilibrio por la tabla salvadora. Vino lluvioso el invierno. Pero, por más que pidan, no voy a arreglar las cañerías. Que floten funámbulos sobre la caca, como hago yo que soy el boss. Que se vayan de una vez, que hay que vender. ¡Ma qué garayes! Voy a hacer una galería surrealista. RESTORAN RAZONABLE va a rezar el cartel al fondo, en el apartamento de Baroffio. Y el resto van a ser salones comunicados, cada uno con su música y su iluminación propias y características. ¿Y papito?

Cobrando boleto en la entrada, a todas las mantecas que se van a cagar a codazos haciendo cola. ¡Despacio, mami, despacio! ¡Hay para todas! Un supermercado de la diversión hiperrealista. Todo el mundo tirado por el piso, pintando las paredes, corriendo por la azotea después de haber trepado la escalera de incendios, entubada, eso sí, para que se caiga nadie, que después me los cobran por buenos. Pero los aerosoles los inauguro hoy, si es que abre la puerta. Toca el timbre rin, sale la mucama. RRRIIINNNGGG.

"Timoteo, perdoname: ¿tenés que hacer tanto ruido, eh?

"¡Juan, cómo andás! ¿Te compraste peluca nueva, o estás despeinado?

"¡Claro, claro, te hacés el hombre porque sabés que José no está!

"José no viene más, Juan. Se encanutó con el travesti del Mercado. ¿Te creés que no oigo los gritos? 1 menos, y van 2 con la vieja.

"¡No me vas a sacar ni con disán, queridito! ¡Tu tío me renovó el contrato, para que sepas!

"Vas a salir a lomos de un sorete.

Abrió. Perra humedad. Me levanta el piso, me desafina el piano, me hincha la puerta. Un buen Let it be en falsete es lo que le hace falta al brisco éste. Y a mí, para despejarme. Mejor sería una rayita, claro está, pero no tomo más. Tomo lo mismo. ¡Dónde estarán esos frascos!

DONDE VAAAAS
MARIPOOSA DE LUUUUJOOOO
DONDE VAAAAS
MARISUEÑO DE LUNAAAA
¡GOLPEA, GOLPEA NOMAS, GORDITO! ¡NO TE VA A SERVIR DE NADA, COMO LA SILICONA!... ¿Dónde los puse?... ¡El más recóndito rincón de la tapa del ropero! ¡Ni que me los fueran a robar! Una bolsita de lailo del Rombo, con asas, y estamos. ¡A la carga, mi Rosinante Pato, a pintar los molinos de Bidegáin!

* * * * * *

No es la primera vez que manejo en este estado. Queda cerca, por otra parte. Hasta pude haber ido a pie, como tántas veces. Los aerosoles parecen latas de cerveza en la bolsa de plástico. De todas formas, no puedo tomar más. No porque vaya a vomitar, sino por miedo a hacer demasiado ruido. Lucio tiene el sueño pesado, pero tampoco es cuestión de exagerar. Así, en segunda y con el cordón como referencia, voy a llegar. Velocidad de un hombre al trote, como el carreteo. Y despegar, en alas del insulto. Respetemos los semáforos, que a este ritmo las esquinas se cuidan solas. No es llegar primero, sino llegar, me dijo un arriero. Más alto que las estrellas. Más silencioso que el despertar del guardia barrigón. Más blanco el muro que el alma de mis hermanas. Más irónicas las injurias que el descanso de los gatos.

El Pato ha dejado de ser anónimo, con los choques. Ya no hay respeto, che. Siempre se me ponen adelante sin avisar. Dejarlo acá en la puerta sería un riesgo innecesario, impropio de un empresario de la vida. Ahi, al costado, está mejor. Invisible como la carta de Poe. Lucio ronca en el sofá de Bidegáin. Me consta, por algo somos amigos: me cuenta sus deslices cuando me quedo hasta altas horas de la noche, haciendo boludeces que reducen el volumen de mierda telefónica internacional a que es sometido Bidegáin, sistemáticamente. Digan lo que digan, soy un colaborador fiel. Bajo con mi bolsita blanca en la derecha, como quien carga las últimas 2 cervezas de una noche de desenfreno. Si estuviera, nadie sospecharía, pero no está. Sola la calle me devuelve mis pasos, aunque con menos música que la entrada triunfal al Los Pozos Star. La situación es otra, la música es otra. Cuido los detalles en aras de un recuerdo nítido y, más importante aún, completo. El día está guiñando ya, fregándose los ojos con un grito desgarrador, desperezándose groseramente. El silencio es todo mío, salvo por el ruido diesel de algún ómnibus, del que bien podríamos abstraernos. El que es mío sin excepciones es el muro blanco de Gral. Roca. El local es alquilado, incluía el muro contra la esquina. Qué le vas a hacer. Una delicia para los infantojuveniles. Todas las semanas aparece algún MARIHUANA FOR EVER o TE QUIERO, RULO, HASTA LA PLAYA, y corre Ferragut a comprar otra lata de pintura blanca. Le cuesta cargar con todo el título: GERENTE DE PRODUCTO E INFRAESTRUCTURA. Se está por comprar una carretilla para dejar de arrastrar su bobera y su jerarquía y sus antecedentes burócratas. Se ha enterado de que se inventó la rueda, pero no se la ha ocurrido, aún, pintar el muro de algún color más oscuro. Quizá sea daltónico, pobre muchacho. Bastaría, Ing. Ferragut, con un celeste opaco, para no desatar las ansias expansivas de los jóvenes desocupados, víctimas inocentes de un sistema educativo caduco y un mercado laboral soso. Haría juego con el logo, además. Ese blanco chillón es una carnada, un desafío. Mirando con atención y detenimiento se ven claritos los recientísimos brochazos. Me queda todavía suficiente penumbra como para componer las frases primero, sentadito acá, recostado. Pareceré un grafito de soledad, ideal para un comercial de Benneton. Me inspiro imaginando el olor de la pintura. Plasmar en una frase toda su pequeñez. Describirlo en 2 pinceladas de brocha gorda. Este despliegue callejero es todo un arte, che. Verdaderos creativos honorarios. Yo también soy artista. No puedo permitirme un simple exabrupto soez. Tiene que resultar claro pero no contundente, sugestivo sin ser incriminatorio. Y, lo más difícil, suficientemente vulgar, para que entiendan. ¡Esto es un adversario válido, Timo! ¡Invitalo a jugar al ajedrez!

No hay caso. Me queda grande. Mantengamos la versión original. En rojo: BIDEGAIN, QUE SEXI SOS. Renglón seguido, en negro: ¿TENES UN BONUS EXTRA PARA MEDIASUELAS? Rematando, en el tercer renglón, rojo: OJO, negro : TRATATE LOS GOLONDRINOS. Y una curva cerrada roja conteniendo al macho de las que no hacen verano.

Pinté unas cuantas esvásticas para disimular, y me fui a dormir, expreso, hasta las 4 de la tarde.


Un Mudo en la Garganta


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